Once comensales para la reina de las cenas, que siendo el quinto año que se celebra,
no se hizo en El Teso de La Horca, de quien lleva su nombre, sino en un santuario de
cientos de degustaciones del Barrio de Triana, La Lonja de Don Luís, porque la mitad del
alma de La Luna de El Maderal se empeñó en atormentar nuestros corazones con rayos y
truenos, amenaza de agua y un viento infernal, mientras la otra mitad de La Señora de La
Noche yacía regocijándose en El Más Allá, haciendo honor a los dos mundos de que es
soberana; sin embargo no faltaron las doce bombas subiendo por El Aire, una detrás de
otra, explosionando en los endemoniados espíritus que acosan nuestro destino,
ahuyentándolos, a la par que las manos de los once comensales se armaban de tenedor y
cuchillo, escrutando las horneadas entrañas de dos lechones cocinados en La Villa de
Mayalde, engendrada por La Diosa de La Ilusión, a quien le está consagrado El Mes de
Mayo, consagración que vale también para el primero de los degustadores, que es fornido
como la viga que se planta cada año en El Mes de Venus, Negro de apodo y de nombre Jose;
otro habitual en La Cena del Teso de La Horca es Jose Resti, que es capaz de entallar
los senos de una dama como si fueran sendas copas del Santo Grial, haciendo que semejen
contener La Ansiada Inmortalidad; también había dos Javieres, uno vive frente al
Diabólico Teso, llevando el compás de La Vida con todos los sentidos, y el otro es del
linaje de Los Romo, caracterizado con el perfil de un águila imperial, que ve hasta el
infinito de los corazones; el quinto apasionado del banquete tiene nombre de divinidad,
Isis, Esus o Jesús, y su empeño es ver crecer las hortalizas con El Agua y El Sol de La
Vida y alimentar a cuantos pueda con ellas; Quique es el sexto varón de una cena donde
están exentas las damas, aunque Él llevaba secretamente en su pensamiento a La Madrileña
Cibeles, también nombrada La Real Blanca; el séptimo comensal se llama como el primer
hijo del primer hebreo, Rubén, deseoso de trazar carreteras ideando operaciones
matemáticas, mientras su padre las recorre y las observa, o su abuelo las enderezaba a
golpe de azada; además los tres son grandes amantes de las campanas de La Iglesia de La
Magdalena, que hacen sonar con fervoroso ritmo cada celebración, con El Abuelo Tino El
Caminero repicando desde El Otro Mundo; el octavo lugar es para Mariano, que regenta El
Bar Talanda a orillas del río del mismo nombre; su primo Juan Luís, que lleva un sable
de reluciente magia cuando desfila, es el noveno degustador de los manjares de esa
tormentosa noche, con unas patatas hechas por las divinas manos de la madre de Rubén,
que había que mojar en nívea salsa, haciéndose el paladar rosas celestiales; para Héctor
he reservado el décimo asiento, que es de oro como su corazón, y en último lugar un
servidor, fino fino Filipino, que no soy ningún cocinero, aunque parezcan mis palabras
un gazpacho de sinceridad o una exuberante ensalada de macedonia; ah, se me olvidaba, a
los postres, como surgido de un milagro, apareció Emilio El Rana, y cual un venero de
sabiduría, nos enseñó a los once de esa enigmática noche, cómo se alegra el alma.