Era La Noche del veintiocho de Agosto o cuatro veces
siete del Mes del Sol, con La Luna de El Maderal llena de pasión menstruando en
Sábado, iluminándonos desde Valdeladrones, cuando explosionó con furia el primer
ahuyentador de demonios en el inicio de La Segunda Cena del Teso de La Horca, y
tres veces tres comensales se dispusieron a reinar en armonía, degustando dos
cochinillos de La Villa del Amor de Los Escuderos del Rey. Se continuaron
lanzando al aire nuevos cohetes, cuyos zambombazos recordaban hasta doce a los
divinos ausentes, y allí estaba una vez más el creador del excepcional evento,
tan poderoso como una montaña y de vulnerable corazón, Jose El Negro; en frente
Josele, un vástago de Resti, que se recogía los azabachados cabellos, cual si
fuera su indomable alma la que le brillaba en la cabeza; a su izquierda, Quien
Vela por Los Saberes de La Villa, Roberto El Peri; entre El y Pilatos, otro
monarca de El Maderal, Kim, que semejaba, tocado con un sombrero rojo y coleta
al viento, un río de conocimientos ocultos, quien tenía delante al Dios de Las
Hermosas Palabras y de Los Bellos Gestos, Richi, compartiendo mantel por su
derecha con estrellas de plata y áureo sable, El Rutilante Abisinio Juan Luis, y
a continuación El Albañil del Cielo, que se está construyendo un palacio en las
nubes y otro en Trasoto, y el de las nubes lo hace y lo deshace a su antojo,
Roberto, nieto y bisnieto de herrero, quien tenía ante sus relampagueantes ojos
a su primo, El Mágico Caballero, quien no se ha olvidado del noveno comensal, el
majestuoso primo hermano de Triana, Jose Pablo, que abarcaba la apasionada cena
de cante, baile y vehemente conversación desde una esquina de la mesa, con sus
sabias manos de gran señor.