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El otro día jugaban al tute en la terraza del bar de mi pueblo, se trata del Maderal, por supuesto, y una vez terminada la partida, se inició una conversación. Uno de los cuatro jugadores está casado con una chica de la Villa, aunque es natural él de uno de los pueblos de al lado, donde acaban de terminar las fiestas. Un día de esas fiestas, dijo el foráneo tomando la palabra, he merendado con unos cuantos curas.
-Querrás decir que has merendado con una bandada de grajos- le contestó el compañero de partida con buen humor.
-Lo de “bandada de grajos” lo has dicho tú. Grajos eran cuando llevaban sotana. Ahora ninguno lleva ya sotana.
-No llevarán sotana, pero los hábitos que tienen son tan negros como siempre. Su lema sigue siendo “Haz lo que digo, pero no hagas lo que hago”. No me dio a mí, y a todos los monaguillos, ostias sin consagrar ni nada el cura de mi pueblo. Desde entonces siento aversión hacia los curas. Lo curioso era que si le decías a tus padres que el cura te había “cascao”, te contestaban que algo habrás hecho, y eso, si no te arreaban más encima.
-¡Bueno, bueno, Ladislao! Los tiempos ya han cambiado. El cura ya no es aquel agente político, todopoderoso espía del régimen franquista, que mantenía a éste bien informado desde el confesionario- dijo, no sin cierta sorna, un contrincante del tute.
-Tienes razón, Custodio, pero sigue siendo un agente de la mentira, que ofrece aire e hipocresía. Te dicen que hay otra vida, pero yo te aseguro que como te mueras, el único cielo que encontrarás es que te libras del infierno que es la vida, porque dejas de sufrir.
-Pero la gente tiene derecho a creer en...
-...en Dios. Sin duda ninguna que tienen derecho. Sin embargo, si Dios existiera, sería un tramposo.
-¡Un tramposo! ¿Por qué un tramposo?
-Porque si existiera, sólo sabe que poner palos en la rueda del carro.
-Explícate.
-Te voy a dar solamente una explicación entre otras muchas. La Biblia, que se supone es la voz por la que Jehová, que a su vez es judío, cristiano y mahometano, habló a los hombres, lo hizo hace unos pocos miles de años, 8000 a lo sumo, mientras que la Tierra tiene 4500 millones de años. El desfase cronológico es más que notorio. Si lo que Dios quería era engañar al Hombre, lo ha conseguido, y quien engaña, mete trampa. Pero no hay dios ni demonio que engañen, el que se engaña es el Hombre, que una vez que tuvo conciencia de sí mismo, fue invadido por el pánico a la existencia y a la muerte certera que conlleva aquella. Por eso se inventó el Hombre el más allá, para darle una solución a ese pavor insoportable que le produce la conciencia de saber que se tiene que morir. Somos el único animal que es consciente de que se tiene que morir, y esa angustia fue la que creó a Dios, no al revés.
La Tierra sí qué es una verdadera Biblia o libro de libros que nos habla con una cierta lógica, a través de la Ciencia, de lo que somos. La Ciencia es el único dios verdadero que posee el hombre.
Empiezan a sonar las campanas de la iglesia del pueblo. Llevan sonando un par de miles de años desde que Constantino así lo quiso, quien por cierto, aunque facilitó la celebración del primer concilio cristiano, cuando se celebró éste, él no estaba bautizado y era partidario de la tesis de Arrio, que negaba el origen divino de Jesucristo, a quien sólo consideraba una figura excelsa.
En esta ocasión, como en tantas otras, encuerdan, pero que te recuerde un cura con una misa o tus cenizas sean esparcidas en un sitio elegido por ti antes de morir, todo le queda lejano en este mundo a un muerto, quien sólo vive en el recuerdo de los que lo quisieron, pero lo hace de forma más real, vigorosa y divina, que ese tal Dios, con el que nunca has tomado un vino, “echao” un “parlao”, o jugado la partida para pasar el rato, pequeñas cosas que mucho me temo sólo podrás hacer con sus representantes los curas, y claro, no es lo mismo el original que la copia. Además, Dios no necesita mujer, pero al cura, como no la tiene, alguien se la tiene que poner.
De todas formas, hace pocos días asistí a un milagro, que casi me hace aceptar la existencia de Dios. El milagro lo produjo una liebre. Dios se me mostró en forma de liebre guisada.
Normalmente vamos a merendar una cuadrilla reducida, pero el espíritu gregario que posee la carne guisada de ese veloz animal, hizo que se congregaran, para esa primera y última cena, Jesucristo con bigote y casi todos los apóstoles, algunos no habituales y recién pescados para que a su vez pescaran tajada en el oscuro río revuelto de la liebre. Ahora pienso que el cuadro de Leonardo esconde de verdad algún misterio, pero muy terrenal y cantado por algún poeta genial de nuestro “Siglo de Oro”. Nunca mejor venido a cuento esto último, si bien, “Vellocino de Oro” tampoco quedaría nada mal.
El verano, sinónimo de vacaciones, termina, y la nostalgia es una poderosa arma que siempre me invade cuando comienzo a oler su final, una vez concluido San Roque y San Roquito, fiestas en las que fui muy feliz en mi juventud.
Este es otro verano más, que se escurre por la ladera del tiempo que nos lleva a todos. El tiempo es el único dios de los humanos, gran marchitador de pieles y recuerdos hermosos. En éste, como en otros veranos, he visto en unos seres humanos la chispa de la genialidad, la grandeza o la fortaleza, la ternura o el amor, pero he visto en otros la mediocridad revestida de un vigor hipócrita o el egoísmo calado hasta las cejas.
Sin embargo, también he comprobado, que como dice “El Quijote” de todo libro, es decir, Cervantes, no hay ser humano tan malo que no tenga algo bueno, aunque en último término, siempre está ahí este refrán que dice: “Cada uno en su casa y Dios en la casa de todos”. Seguro que en todos los sitios cuecen habas, aunque yo prefiero la liebre guisada, pues confieso mi debilidad por la carne de ese animal de fábula.
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