Esta tarde,
cielo gris, de la hoy altura plomiza,
cristal asardinado ahora.
Tú iluminas, cielo gris, el rojo recuerdo,
donde un día, o un tiempo de rosas, brilló polícromo
diamante, de alondras lleno,
derramado en besos y cinturas cantoras,
cual áurea góndola, tranquila irisada,
que meciera mi deseo en nana infinita.
Divina eras, azul de mil océanos interiores,
enjambre melódico, panales derramabas,
y cautiva estabas en tu pelo moreno, y en mi boca,
que te besaba noche tras noche,
y te nombraba entre todas.
Yo, dije siempre, que eras un racimo,
que andabas por el vino ardiendo,
consumiéndote dorada, en los oros de tus ojos,
que me miraban,
como quien mira un sueño.
Digo, esta tarde, soberano pasajero de la vida,
que no hay nada, nada como las chispas de unos ojos,
cuando te miran desde una dulce llama enamorada.