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La verdad es que no sólo hay que alabar la historia, con anclaje temporal en un tiempo del hombre hispano, en el que la miseria y el hambre aun hoy día estremecen recordar. Lo que hace digno y grande al personaje y al espacio de aquella casa donde el Tonto Mayalde niño se hospeda y protege de la tormenta, es la épica maestra con que se narra la historia. El verso fue, sin duda por la atracción que ejercía su musicalidad, el envoltorio de nuestro primer monumento literario. Faustino, con eco épico, que es el que desde Ulises está destinado a los héroes, narra la historia nada trivial del viaje de un niño-yuntero, que se protege de la lluvia, dando pie, a su vez, para introducir retazos folclóricos y maneras del vivir y sentir de las gentes de la época negra en que se ancla la historia. Se trata de esos tiempos en que los maderalinos iban a segar “pa´i arriba”, es decir, a la Armuña.
Yo he visto delante de mi casa del Maderal al Tonto Mayalde, cuando yo niño, recorrer chapoteando arriba y abajo, entre los dos puentes, la entonces abundante agua del Arroyo de Carrecubo, uno de los dos primeros afluentes del Talanda. Es una de esas imágenes que guarda mi mente como un tesoro sin saber por qué. Aunque no se me quedó grabada la cara de aquel quijote de Mayalde, sí recuerdo diáfanamente el estilo enérgico y la alegría del chapotear de sus piernas como si en ello le fuera la vida. Yo era entonces muy pequeño e iba a la escuela, sin embargo, puede que cuando vi chapotear al Tonto Mayalde, yo tuviera la edad de aquel niño que aquella tarde de tormenta se cobijó en aquella casa, pues en los cuarenta, muchos niños no iban a la escuela y se hacían “hombres” sin haber jugado lo suficiente.
PD La historia de este niño me recuerda un poema de Miguel Hernández titulado “El niño yuntero”:
Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.
Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.
Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.
Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.
Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra,
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.
Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.
Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.
A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.
Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.
Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.
Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.
Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.
Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.
¿Quién salvará este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?
Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.
Miguel Hernández, 1937
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