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 CUATRO MEDICUCHOS Y SU DIAGNÓSTICO MAGISTRAL 
 


       Ahora, y creedlo, lo digo como lo siento, es decir, con hondo sentimiento parcial, no sé por dónde coger el hilo o la madeja de “Castiella”, lo entrañable de sus gentes, muy habituadas, por cierto, a la derrota, o sea, al cerrado y sacristía de Machado, o lo que es lo mismo: “Lo que el médico erra, lo tapa la tierra”. El conformismo, sin embargo, nunca fue conmigo.
       Una cultura que ha dado una obra como “La Celestina”, pasional y con tragedia buscada, inigualable estéticamente, y que por ejemplo, en el llanto de Pleberio alcanza cuotas dramáticas de un dolor indescriptible, está siempre instalada, por desgracia, en la dejadez y la desidia machadiana o en el refrán retrógrado.
       Quizá debiera recordar que estamos en el siglo XXI, que ya no hay siervos ni señores, sólo seres humanos y ciencia y saber, y sobre todo, galenos que miran por la salud de sus conciudadanos y tratan por todos los medios, que hoy día son muchos, de dar diagnósticos certeros, o si de verdad, galeno, sabes algo, duda, como decía Unamuno; quítate, galeno, de encima el entuerto, y manda al enfermo a donde haya más medios. No me atrevo a aseverar que Castilla y León y su Sacyl rural estén en el siglo XXI, por eso dudo que la tierra en que nací esté situada, en muchos aspectos, mucho más allá del siglo XV y de su “Lazarillo”.
       Voy a decir, sin embargo, que si una vez el médico, allá en “La Transición”, ocupó, de alguna manera, el lugar y el poder que ocupaba el cura en los pueblos, su figura, paradójicamente, devino menos cercana y amable que ese mismo cura al que desterró, e incluso menos cercana y amable que aquel médico de “La Iguala” y de la miseria, algunas veces un simple borrachín.
       Se debería haber desterrado definitivamente esa filosofía de “La Iguala”, a la que no sé cómo llamarla hoy día… bueno, la llamaré… “botica oligarciense”, porque creo que continúa entre nosotros de alguna manera. Creo también que en vez de incitar a la nueva figura creada a deslizarse por nuevos caminos de prepotencia, deberían haberle aconsejado desde arriba, desde ese otro olimpo peque de diosillos políticos, que seguir estudiando y mirar exclusivamente por el enfermo, no solamente es lo importante, lo exigible, sino su único objetivo en la vida, y que la honestidad de un médico reside en saber captar las dolencias más ocultas, o al menos dudar, y no dar diagnósticos magistrales que a la postre se van a volver en su contra cuando se da la tragedia. Y digo lo de las dolencias más ocultas, porque para diagnosticar catarros, “empachos” o depresiones a la ligera, no hace falta ser médico, me atrevo a decir que basta con ser curandero de segunda fila. Repito, duda, galeno, no dejes que…pase…y pase…y pase…y vuelva a pasar el tiempo, y que cuando ya no haya remedio, te llamen de todo menos bonito.
       Si el médico de turno se equivoca, lo terrible es que el catarro resulte ser una neumonía que te mata o casi te mata, el “empacho” devenga después de días infartando en “shock cardiogénico” mortal, y la depresión, en un tumor tan extendido que al abrir sólo queda cerrar y esperar lo peor. Me da pena, una pena impotente, pensar, por lo que se desprende en líneas anteriores, en la situación real en la que se encuentran nuestros entrañables y envejecidos pueblos, cuyos cielos azules y límpidos son volados por grajos disfrazados de médicos, que en realidad son medicuchos. Se deduce también, que hay muchos enfermos en Castilla y León, que son como aquel enfermo imaginario de Molière, o sea, se quejan de vicio. Hay medicuchillos que así piensan. Por el contrario yo pienso que se le paga, al médico auténtico, para que asistan a alguien que incluso lo llame para matarse de risa en su cara cuando hayan llegado al domicilio de la llamada en particular: “Más vale prevenir, que curar”. “Pero no, yo soy quien decide, a distancia, quien me llama de verdad, y quien no”, se dice el mal médico.
       Con este caso que me ocupa y con esta historia mía, no voy a ser aquiescente callándome, porque callar, significa condenar a otros a la misma suerte que tuvo mi madre. Por eso quiero levantar la voz, dar un puñetazo en la mesa, y que lo hagan también conmigo aquellos que piensan que hay más centros médicos en Castilla y León, como el de “La Guareña” en Fuentesaúco, donde existen médicos tumbados a la bartola de poner el cazo a fin de mes, junto a otros, que sí hay que defender y valorar, que sí hacen algo de verdad por la medicina y por las gentes de nuestra Castilla, con dedicación, verdadero respeto al enfermo, y estudio continuo. Hay que desenmascarar a los primeros, a los que sólo sirven para diagnosticar catarros.
       Uno de los puntos, creo que el 14, del llamado “Juramento Hipocrático”, dice así: “Si llegado el día en que mis conocimientos o facultades físicas o sensoriales no fueran las idóneas para el ejercicio profesional, y no abandonase éste voluntariamente, pido a mis compañeros de hoy y de mañana que me obliguen a hacerlo.” Que tomen nota de este artículo 14 los tres estoqueadores de Fuentesaúco, y ese cuarto subalterno, que a las cuatro de la madrugada en punto, dio el descabello. De todos modos, los voy a empachar a diagnósticos y les voy a poner unos tratamientos que van a quedar a los del Marqués de Sade en simples resfriados. Que se abriguen, que se abriguen, que lo hagan en invierno y en verano, que yo ya me abrigué en tiempos en la “Plaza de Anaya” con la lengua de Cervantes, de ésa, al menos, no se van a librar.

       Algo tiene que cambiar en Castilla y León en el Sacyl de nuestros pueblos en lo que se refiere a la coordinación, disciplina y dedicación del médico rural, porque el caso que voy a relatar más abajo refleja un siniestro sustrato de cultura clínica rural de descoordinación, dejadez y poca profesionalidad, que con un diagnóstico a tiempo del arriba y del abajo, si el cáncer no está muy extendido, quizá pueda salvar muchas vidas, quizá la de un ser querido tuyo, tú que lees esto. Piénsatelo, que no es broma lo que aquí relato, sino gran tragedia, que por otra parte, ya se encuentra en manos de un abogado.
       Aunque ya empiezo a oler el tufillo corporativista de los discípulos del presocrático Hipócrates en los hechos que denuncio, yo tampoco estoy sólo, y mi jeringa pone un tipo de inyecciones “antigalenas”, que hace levantar a los cielos la cabeza.

LOS HECHOS

Florencia Toribio Sevillano, fallecida por negligencia médica.
En su memoria y en su nombre, y contra la inoperancia, su hijo Alfonso:


       Todo empezó el lunes treinta de octubre sobre las doce de la mañana, cuando Florencia Toribio Sevillano llevaba unas flores al cementerio. Sintió un cansancio extremo y tuvo que sentarse tres veces. Volvió a su casa, preparó una lavadora, tendió la ropa, pero cuando fue a recogerla se empezó a sentir mal. A eso de las 20 horas una vecina, que la acompañaba en su casa, llamó al primero de los tres médicos, éste diagnosticó “empacho” o “atasco”, lenguaje que no parece clínico, sino veterinario referente a los animales o de la fontanería o del tráfico. “Beba usted líquidos, y no coma nada”, fue el tratamiento del médico, quien apuntaba, como se deduce, al aparato digestivo, como causa de la dolencia.

       La noche del día 30 al 31, la paciente, acompañada por la vecina, pasó una noche muy mala con sudoración fría y respiración agitada, ambos síntomas presentes en un infarto, pero claro, hace falta ser médico para sospechar que puede ser eso, o sea, un infarto o un amago de infarto. A las ocho del día 31, la paciente parece mejorar un poco. A las nueve hablo yo con ella desde Madrid y me dice que esté tranquilo que se encuentra mejor, me dice que “tengo un “empacho” nada importante”, por lo que pospongo el viaje para las cinco, cuando terminan las clases, con la intención de no asustar a mi hermana. Ambos llegamos a El Maderal (Zamora) a eso de las 19,45. La vecina nos informa que poco después de hablar conmigo por la mañana la paciente, ésta se puso mucho peor, por lo que se tuvo que llamar otra vez al médico. Al galeno que acudió lo llaman Don José, yo ahora lo llamo Joselillo. Es el médico titular de la Villa del Maderal. Auscultó a la paciente, al parecer, concienzudamente, y determinó que tenía cólico, es decir, continuó centrándose, como hiciera el primer médico, en el aparato digestivo, aunque de todas formas la paciente se quejaba de dolor abdominal, síntoma clásico en personas mayores de 75 años de que el corazón no va bien. Ambos curanderos, como se ve, estaban dando en la diana para mandar a un ser humano para el otro mundo...

       ... Sin embargo, parece ser, que el corazón de la paciente daba más guerra de lo normal, y llegó milagrosamente al día uno de noviembre con los diagnósticos de “empacho” y “cólico”. Preocupada por la respiración, mi hermana, llama sobre las once otra vez al “Centro Médico La Guareña” de Fuentesaúco (Zamora), centro éste al que pertenecen todos los galenos que han intervenido en este trágico desenlace. Este tercer discipulillo de Hipócrates, no sacó ningún aparato de auscultación, fue con la mirada con la que auscultó a la paciente. Se va del domicilio, y ya firma, sin saberlo, definitivamente, una sentencia de muerte. Mi hermana regresa tranquila a Madrid pues a su pregunta sobre la respiración de la enferma el galenillo le responde que es normal, que no hay nada de qué preocuparse.

       La tarde del día uno la paciente se queja de que le parece que no le llega el aire hasta el fondo de los pulmones, yo, fiado del diagnóstico de los tres médicos, sigo, como un imbécil, pensando que no es nada grave y que todo es normal. Lo que estaba ocurriendo es que el ventrículo derecho estaba devolviendo sangre y encharcando los pulmones, por eso ella notaba que no le llegaba el aire hasta el fondo.
       A las dos de la madrugada, y aquí comienzan actuaciones médicas, relacionados con el centro médico antes nombrado, si cabe, mucho más graves:
  1. A las dos de la madrugada del día dos, llamo yo personalmente al centro médico solicitando auxilio, ya que la paciente me dice que casi no puede respirar, que se ahoga. El médico que contesta es el último que ha visitado a la paciente y me dice que no viene porque ya ha estado en mi domicilio el día anterior, como dándome a entender que no hay de qué preocuparse. Yo le respondo que entonces, si él no viene, qué hago. Me responde que la lleve al centro médico o la levante y le dé paseos. Le respondo que para eso prefiero llevarla a Zamora a urgencias, por no decirle que por qué tengo yo que tener coche. Me responde que haga lo que quiera, pero que él no va.
    Levanto a mi madre, y como un jilipollas, ya con la mosca detrás de la oreja sin ser médico, la cojo por el brazo y me pongo a dar paseos con ella por la casa. Lo curioso es que ella se siente un poco mejor. La vuelvo a acortar. A las tres y media, aproximadamente, ella me llama y me vuelve a decir que se ahoga, que ahora es peor que antes. No llamo ya a ningún médico. Le digo que se vista, que nos vamos a urgencias de Zamora. Pero a cuatro kilómetros, en un pueblo que se llama Argujillo, tomo la decisión de llevarla al centro médico de Fuentesaúco, pues temo que se me muera en el camino asfixiada debido a la falta de oxígeno.
  2. La guinda en la tarta que comenzó a hornearse con la visita del primer médico el lunes treinta de octubre, la puso el médico de guardia en el propio centro médico el dos de noviembre a las cuatro de la madrugada. Es verdaderamente patético, lo que allí me ocurrió. Había una ambulancia a la puerta del centro médico. El médico de guardia, que al parecer ya no era el mismo de las dos, le hizo a la paciente un electrocardiograma y seguidamente preparó un volante de ingreso para urgencias de Zamora.
    El galeno primero se quita las zapatillas y se pone los zapatos mientras me dice que va a acompañar a la paciente haciendo uso de la ambulancia. Pues bien, no ocurrió eso, porque le dice al médico la enfermera que para que va a ir él (el médico) ya que su hijo va a ir detrás con el coche vacío, pues que la lleve él (su hijo). El médico le hace caso, se quita los zapatos y heme a mí haciendo de ambulancia del Sacyl llevando a una moribunda.
  3. Después de tres cuartos de hora en urgencias (aproximadamente) se me anuncia que lo que tiene mi madre es un infarto. La cardióloga de guardia me comunica que la paciente tiene que ser ingresada y entubada inmediatamente en la UCI. A las siete y las diez de ese fatídico dos de noviembre se me informa en la UCI que el tal infarto se ha convertido en un “shock cardiogénico”, es decir, que después de tres días infartando (según los médicos de Fuentesaúco era “empacho”) la paciente, debido a su edad, puede morir en cualquier momento. La mortalidad en un joven con ese cuadro es del 80%, me aclara, en una persona mayor es prácticamente del 100%, añade, eso petrifica a cualquiera. Mi madre tenía 78 años y jamás había padecido de corazón.
  4. Y en efecto, Florencia Toribio Sevillano, fallece a las 0,15 del día 21 de noviembre en la UCI del hospital Virgen de la Concha de Zamora, debido a la negligencia y a la inoperancia de cuatro médicos del centro médico ya mencionado, a los que no dudo en calificar de verdaderos ángeles de la muerte.
 
 
 Alfonso Toribio       
 Noviembre de 2006