Yo conozco a Carlos como escritor desde sus comienzos, cuando devoraba la obra de Dickens o de cualquier otra vaca sagrada de la literatura, Rimbaud, por ejemplo. Recuerdo una tarde de sábado, entre otras muchas, en que en su casa salmantina de Fernando de la Peña, Manolo (un amigo suyo), él y yo, después de comernos una tarta de manzana que Deme le había dejado preparada antes de irse al pueblo, inspirados por el poeta Francés antes citado, escribíamos y escribíamos poemas (más bien surrealistas por la técnica empleada), que luego nos recitábamos los unos a los otros.
Ya en su primera época, a la que pertenecen títulos tan emblemáticos como “Monte del tuerto o monte de la risa” o “El monstruo sagrado”, empieza a perfilar Carlos lo que será una constante en su obra (últimamente la veo más sobria y equilibrada), es decir, el uso de la lengua desde un punto de vista preciosista e imaginativo, por ejemplo, los puñales brillan a al luz de la luna o del sol con destellos de plata o de oro, no son simplemente herramientas de matarife como en el gran Borges, sino que los de nuestro autor tienen en las empuñaduras “diamantes incrustados” u otros adornos, a veces son las dagas y las navajas las que hablan, y no sus portadores, que quedan personificados en ellas. Es un estilo el suyo, que yo no dudo en calificar de modernista, donde “El Simbolismo” juega un papel extraordinario: el valor sugeridor y evocador de las palabras es denominador común en los escritos del Filipino.
Uno de sus logros más sobresalientes es la creación de una mitología propia, donde los topónimos del casco urbano, devienen entes divinizados, cuyos caprichos, muchas veces, padecen los mortales. La luna y el sol, clásicos tópicos literarios, también devienen, en este caso, seres personificados, pero también con poderes extraordinarios. Parece como si los dos astros no alumbraran otros lugares del planeta que no sean los enclavados dentro de las “Siete Puertas”. Mención aparte merece el rico acervo toponímico del que hace gala Carlos, quien demuestra ser un gran conocedor del término.
La pasión y el sentimiento son los motores de personajes y dioses, esto viene a incidir de nuevo en el carácter modernista, y yendo más atrás, romántico de sus escritos. La fuerza del sentimiento y de la pasión es la que motiva siempre la tragedia o la dicha, el mismo narrador se ve involucrado en muchas ocasiones en ese juego de sentimientos contradictorios. Otro elemento capital, muy relacionado con los dos movimientos literarios ante mencionados, es el del “escapismo”, nuestro autor crea un mundo ficticio basándose en uno real. Pero creo que esto último lo hacemos todos los que escribimos. Y es que la literatura es eso, un continuo recrear de la realidad.
Concluyo, animándoos a leer a nuestro autor.
Un abrazo, Alfonso Toribio