No es lo mismo pasear por El Camino del Tejar, rojo como la sangre de una herida
atormentada, que subir La Cuesta Grande de oro y de plata o entrar sintiendo los latidos
del pueblo por Carrecubo; como no sabe igual El Talanda que mana en La Alameda del Caño,
capaz de hacer de La Muerte tu obsesión o un trago en El Manantial de Los Enamorados, que
te resucita y te hace eterno. Tampoco semeja lo mismo una puesta del Sol de La Villa vista
desde El Corral de Los Chotos en El Monte, que admirada desde El Teso de La Periquina,
sentado sobre La Bodega de Alarico. Porque cada lugar de esta santa tierra nuestra, que se
llama El Maderal, posee encantos diferentes, capaces de hechizar obligándote a soñar de
manera distinta, con toda su poderosa magia amparada por siete puertas, que hacen de su
gran misterio un maravilloso enigma rebosante de pasión.
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