Abajo, en el salón, aquel domingo de domingueros por la mañana, que coincidía con “El Día de Reyes”, el padre de familia leía complaciente, sentado seguro en su peculiar sofá decorado con tapicería “bandera española”, el diario “Arriba”.
Mientras él leía, la inmensa mayoría de los hijos de Iberia se revolcaba en una burbuja espeluznante de miseria y hambre, de analfabetismo y sumisión, pero gozaba el suelo patrio de una gloriosa y católica paz cuartelera, y su calamitoso artífice, que caminaba bajo palio sacrílego con unas esas sus manos ensangrentadas cubiertas por guantes blancos de primera comunión, inauguraba pantanos y firmaba sentencias de muerte como quien le echa de comer a las palomas en el parque. Sin embargo, había sinvergüenzas ingratos, catalogados como rojillos, que, despavoridos, corrían por las calles delante de los rectos grises al tiempo que gritaban “¡Libertad!”. La Libertad y el pan fue lo que les usurparon el palio sacrílego y el Sapo Iscariote a los españoles, pero no a todos, porque al padre de Pepe Jeringa le parecía que vivía en el Paraíso.
Pepito, entonces sólo niño, aquella tibia y soleada mañana juega alrededor del sofá de papá, trasteando aquí y allá, revolviéndolo todo mientras persigue a Zefir, el gato de la familia. Le quería poner al felino una inyección contra la gripe con la jeringa del maletín que le habían traído los Reyes Magos. Aquel gato mártir de pelaje zaíno, huyendo una y otra vez, no se dejaba manipular por el pequeño monstruo pelirrojo...
...Pero de pronto, Jeringa se resbala en el acaloramiento de la persecución y tiene un encontronazo con el maletín abierto, desparramando estrepitosamente por el suelo del salón recién fregado el microscopio y demás instrumental. El felino miaga con los pelos erizados mientras sortea todo tipo de proyectiles que un maletín premonitorio y violentado despide a diestro y siniestro.
- ¡Maríííaa... ven a ver a este niño!- grita un padre muy molesto.
- Anda trasto, vete a la buhardilla a jugar con tu hermanita. No molestes más a papá y permaneced preparados para ir a misa de una- le ordenó la madre.
Un Pepito impetuoso entra en la buhardilla armado con su flamante jeringa, y observando a una “Barbie” desnuda que trata de vestir su hermana, se la arranca de las manitas y le clava una aguja de coser en su culito de plástico.
- ¡Ayyyy! ¡Tontón!- exclama la hermana como si le hubieran puesto a ella la inyección- Tonto, más que tonto, Barbie no se pone malita nunca- añade.
- ¡Tú sí qué eres tonta! Barbie tiene gripe con fiebre. Además, ese vestidito que le vas a poner, es de día de fiesta, y lo que le tienes que poner es un pijama y meterla en la camita, donde yo pueda visitarla y curarla.
- ¡Tonto tú! ¡Y listo! porque si hiciera eso, sólo jugarías tú; además, a mí “Los Médicos” no me gusta jugar. Prefiero jugar a “Las Mamás”. Dame a Barbie, o... te pego.
Forcejean. Ella trata de quitarle la muñeca violentada, pero su hermano se le escurre con ella y sale corriendo de la buhardilla escaleras abajo. Se encuentra con su mamá, la cual está recogiendo del suelo el maletín y ordenando el desbarajuste del salón que gato y niño habían perpetrado.
- ¡Mamá, mamá!
- ¡Cielo mío! ¿Qué te pasa?
- ...Que Silvia no quiere jugar a “Los Médicos” y Barbie está malita y no me deja curarla. ¡Mira qué inyección más buena le he puesto!
- ¡Pero vamos, mequetrefe! ¿De dónde has sacado tú esa aguja que tiene la muñeca clavada en el culo?- Exclama y le pregunta el padre al infante enfadado.
- ...De la cesta de costura de mamá. Yo voy a ser médico de mayor.
- ¿Qué has dicho? ¿Médico? Tú vas a ser abogado como tu padre. ¡Faltaría más! Los médicos matan más gente que curan, y si sólo mataran rojos y masones, vale, pero también matan falangistas y hombres católicos y rectos que velan por los eternos valores de la patria. Y nadie les puede decir nada, a esos galenos de mierda, porque tienen más poder que el Papa.
Pepito, Silvia Ariadna, y su madre quien en realidad se llama Silvia María, se quedan perplejos ante la arenga del padre. Los niños no entienden nada, sólo que el padre habla con solemnidad, pero la madre sí comprende, pues sabe que su marido dice lo que piensa, pero no piensa lo que no sabe.
- Trae, curandero; dame la muñeca ahora mismo; pídele perdón a tu hermana; y vete a tu habitación castigado. Te quiero ver vestido hoy con el traje de la primera comunión ya mismo, que sólo falta una hora para ir a misa- ordena el padre
- Ya has oído a papá. Obedece, cariño, que esta tarde te compro una piruleta y vamos al zoo.
- ¡Cómo que piruleta y zoo! Éste esta tarde no sale de casa y se queda en su habitación castigado estudiando el catecismo. ¡Y ¡ay! como no se aprenda la lección!, porque yo, se la voy a preguntar. Además, ya puedes empezar a escribir, cien veces sólo, “No debo coger las agujas de la cesta de labores de mamá”.
El niño se va llorando a la carrera, seguido de su madre. Ambos se encierran en la habitación del crío, éste, llorando a rienda suelta sobre el pecho de la madre, quien trata de consolarlo, no encuentra consuelo. En esto entra el padre en la habitación.
- Silvia, amor mío, vístelo y que empiece a cumplir su castigo. Y que se calle si no quiere que le aumente “las veces”, que lo van oír berrear hasta en La Conchinchina.
“¡Es pelirrojo y de ojos azules!”, salió meditando el padre cerrando la puerta de un portazo, “Nadie, ni en la familia de Silvia María ni en la mía, ha salido pelirrojo...que yo recuerde... ni tampoco que yo recuerde que recuerde ningún pariente nuestro, ni de los de ella ni de los míos. Todos somos morenos como tizones y de ojos más negros que la noche más cerrada. ¿A quién habrá salido este elemento que encima quiere ser médico? ¡Médico! ¡Estaría bueno!”
Pepito se parecía en lo físico que desconfiaba su padre legal, y en el escribir con la izquierda, a un novio que tuvo Silvia, y del que aún andaba enamorada. El crío acabó siendo ambidiestro, pues en el colegio y en su casa le ataban la mano pecadora a la espalda para que escribiera con la de la virtud.
Al novio de Silvia María le habían fusilado los gloriosos nacionales del padre. Médico de profesión el ajusticiado, amigo de Durruti, importante dirigente republicano, y gran defensor de Madrid. Lo fusilaron después de un juicio fulminante sin juicio.
Él, el novio, sólo por ser hijo de quien era, trabajó varios años intermedios como un esclavo más en la construcción del abominable Valle de los Caídos. Luego pasó sólo un corto espacio de tiempo en la cárcel, ya que debido a las influencias de un hermano de su madre que había medrado en las altas esferas del Régimen y que había hecho mover los hilos necesarios, fue excarcelado, y pulido su expediente, dejando este último intachable, aunque su propietario nunca abandonara la idea de que el pertinaz invierno de España se llamaba Franquismo y catolicismo servil y trasnochado.
Liberado de su condena y del presidio, quiso recuperar a su antiguo amor, y Silvia María, ya casada por conveniencia de sus padres y madre de una hija, no pudo aguantar el susurro tierno en su oído de las palabras dulces de deseo del amor de su vida, y se convirtió en su amante, y el amante en padre biológico de Pepito. Por eso no iba desencaminado el esposo al pensar que Pepito, dos años mas joven que su hermana, no había salido a nadie de la familia, pero su mujer, no sólo parecía honrada, sino que tenía que serlo a la fuerza. Tenía que ser más honrada que la mujer del César. Su cabeza no concebía la idea de que ella lo engañara con otro hombre, y que encima fuera rojo y republicano.
En el año cincuenta y cinco el recuperado novio de Silvia, que curiosamente se llamaba Liberto, era un flamante médico de digestivo y otras dolencias, quien siempre tenía su consulta madrileña de la calle “Jorge Juan” llena. Entonces fue cuando los amantes tuvieron una coartada para estar juntos más tiempo. Silvia se convirtió en una enferma imaginaria que padecía de “Epigastria” eterna. Entre ellos, la pasión y el deseo correspondido tenían un asiento de “Cantar de los Cantares”, era un amor puro, por eso siempre le sentaban mal las comidas a Silvia María, y como le habían hablado de un médico, un tal Don Liberto Macías, muy bueno por cierto, que sabía tratar la “Epigastria” como nadie, le había pedido una cita, y otra, y otras más. Infinitas citas le pedía Silvia al mejor médico de España. El galeno siempre citaba a Silvia al final de su consulta, cuando enfermera y secretaria terminaban su trabajo: “Podéis iros que ya me ocupo yo de la enferma”.
Siempre se iban las dos chicas con la mosca detrás de la oreja, y aunque sospechaban, no decían nada a nadie, porque eso podía suponer su despido fulminante y que no volvieran a poder trabajar en ningún sitio decente. Ellas guardaban el secreto profesional como oro en paño, y hubieran preferido que le arrancaran la lengua, antes que irse de ella.
Luego, el año cincuenta y ocho, médico y enferma concibieron la macabra idea de que el marido sufriera también de “Epigastria”, pero de una “Epigastria” mortal que le parara el corazón de forma definitiva. Fue entonces cuando Silvia comenzó a echarle en el vino de las comidas, y en las botellas de alcohol del bar del salón, el “medicamento” que lo mandaría para el otro barrio, y que le “recetaba” en su dosis exacta el hijo del dirigente republicano ajusticiado. Después de quince días en tratamiento, el esposo comenzó a sentir los primeros síntomas mortales. Su aversión a los médicos hizo que transcurridos otros quince días, lo que acabara necesitando fuera un cura. “Paro cardiaco”, fue el dictamen del médico que firmó el parte de defunción. Nadie se extrañó de este extraño parte médico, hasta los antiguos novios lo aceptaron como certero, porque cuando uno muere, siempre es porque el corazón da un último latido y se para definitivamente: al final todos morimos de “paro cardiaco”.
“¡Que descanse su alma en el infierno!”, pensaba el novio, aunque nunca compartió con Silvia ese pensamiento, que lo llenaba de satisfacción por dentro debido a dos razones, las dos igual de fuertes para él. Por un lado se vengaba de lo que le hicieron a su padre en la persona de un acérrimo falangista, y por otro, quedaba allanado el camino hacia Silvia.
- Ya has oído a papá, Pepito. Cállate, si no quieres que la cosa se ponga peor, ¡amor mío!- le aconsejaba tiernamente Silvia a su hijo en la habitación.
El niño se calla, las mejillas llenas de lágrimas. Solloza impotente. La madre le enjuga las lágrimas al retoño y lo viste con el traje que ha dicho el falso padre, dejándolo empezando a cumplir su castigo en un cuaderno cuya pasta primera tiene estampada la figura del Caudillo y la segunda la de José Antonio.
En el Colegio de Abogados de Madrid, al comenzar el curso escolar, les regalan a los hijos de sus miembros ese tipo de cuadernos, junto a otro material didáctico de la misma índole. En las pastas de todo el equipo escolar de Pepito, se puede leer, grabado con letras doradas, “IURIS VOX”. Unas pastas traen al Cid, otras a Don Pelayo, otras a los Reyes Católicos, otras a la Virgen de Covadonga...
La única pasta que no le gusta al padre de Pepito es la que trae a Don Quijote: “¿Qué pinta este mamarracho loco aquí, desvirtuando la sagrada imagen del imperio y su cruzada?” Él se ha quejado de Don Quijote, pero el Decano del Colegio de Abogados le ha aclarado que esa fue una idea de Millán Astraly, hombre cabecero de la generación del 98. Ni el Decano, ni nadie con sentido común patrio piensa que Millán Astraly sea nada sospechoso, ya que hace unos años, en los inicios de la sagrada cruzada del 36, había matado mucho hereje comunista, extirpado el mal, e incluso ese manco glorioso, se atrevió una vez, rodeado de sus armados moros fieles, a levantarle la voz valientemente nada menos que al levantisco de Miguel de Unamuno, quien había escrito de Don Quijote erróneamente.
“Todo español de bien tiene que ser algo Quijote”, le había comentado el bruto y repulsivo legionario al Decano en una reunión de hombres de derecho celebrada en el ahora verdadero sagrado templo de la inteligencia del Paraninfo de la Legendaria Universidad de Salamanca, tres años después de vencer a los putos rojos, y de acabar con intelectuales de tres al cuarto como Unamuno, Ortega o Bergamín.
- ¡Astraly sí qué es un intelectual como la copa de un pino! Además es representante de los más altos valores que puede poseer un militar”- continuó exponiendo el decano.
- “Astraly” no. Se dice “Astray”, ¡coño!- le rectificó el padre de Pepito.
Luego añadió, metiendo la pata él también, como si la imbecilidad fuera contagiosa:
- Bueno, bueno...Si lo ha dicho Astraly... (Perdón, Astray)- rectificó enseguida- me callo. Pero que quede diáfano lo siguiente:
“A mis hijos no le llevo yo material del sagrado saber hispánico con la figura de ese manchego imbécil en la pastas. Una cosa es la fantasiosa literatura, y otra, muy distinta, la sagrada historia patria. Además, ese Don Quijote tiene ramalazos de comunista, porque él mismo se considera justiciero, va pocas veces a misa, y defiende a pobres, menesterosos, presos y viudas. Las viudas, que se vuelvan a casar por la Santa Madre Iglesia, que siempre le han hecho falta a la patria nuevos hijos que defiendan sus dominios y la sagrada fe en Cristo”.
- Muy bien, así se habla. Pero yo ahora te dejo, que tengo que defender como abogado de oficio a un comunista o anarquista... bueno, ya sabes... de esa ralea-
- ...Pues ya sabes tú también lo que tienes que hacer.
- No, si a ése no lo libra ni Dios del garrote vil: ha matado a un policía que lo encañonaba en una revuelta estudiantil, y dice que fue sin querer, que se le disparó el arma, y que en todo caso, fue en defensa propia. Además, al juez que lo juzga, le mataron a su padre y a un hermano en Paracuellos del Jarama. Adiós, Justino, que tengo prisa.
- Adiós, adiós. Y ya sabes, Clemencio... a los comunistas, ni agua, que la guerra la ganamos nosotros.
- Adiós, Justino, no te preocupes por eso, que sabré cumplir con mi deber de verdadero español. Aunque no va a hacer falta como te he dicho, pues por suerte hay muy buenos jueces en este país indivisible, cuyos corazones, incluidos el tuyo y el mío, laten con un solo corazón, el de nuestro glorioso Caudillo, quien lleva la nave española con mano firme. Me voy, me voy... ya llego tarde al juicio. ¡Cáspitas! ¡Pobre muchacho!- dijo por último el abogado mirando su reloj.
Al dejarse ambos adalides de la “justicia” y el “derecho”, a Justino, que ya había empezado a sentir molestias epigástricas, esa mañana se le empezaron a hacer mucho más molestas y dolorosas, y cada día más, sin embargo, sólo fue visitado por el médico que firmó su parte de defunción. “Aquí ya sólo se puede esperar lo peor. Este hombre se muere. Un cura ya hace mucho más que yo aquí”. No terminó de decir estas palabras el médico, cuando expiró Justino. Silvia se arrancó a llorar, porque una buena esposa tenía que plañir un dolor inmenso ante los demás. Don Clemencio y un numeroso séquito de letrados afines al finado se acercaron a la casa del difunto para expresarle a Doña Silvia María Fernández de Aguirre y Mercedes de la Silva, sus más sentidas condolencias: “¡No somos nada!”.
Silvia siguió con sus dolores epigástricos, que incluso a lo largo de la noche del velatorio se le hicieron más patentes, por lo que hubo que llamar a su médico especialista, que la auscultó minuciosamente en la buhardilla de la casa, arriba, mientras el diario “Arriba” se hacía eco de la luctuosa noticia de abajo. Cuando bajaron especialista y enferma de la consulta improvisada, ésta última sentía una mejoría más que notable.
- ¿Qué tal se encuentra usted, Doña Silvia María?
- Dentro de lo que cabe, bien, Don Clemencio. ¡Muchas gracias de corazón! Sin embargo, el verdadero dolor no se me quitará en toda mi vida.
- Cuente conmigo para lo que sea, Doña Silvia. Ya sé que usted quería mucho a Don Justino que en paz descanse.
- Tendré en cuenta su generoso ofrecimiento, don Clemencio- respondió una Silvia compungida.
Pasados tres años del trágico acontecimiento, Silvia y Liberto contrajeron matrimonio, consagrado por la santa madre iglesia de su tiempo, al no encontrarse impedimento para que éste se consumara también en el altar.
La hija de Silvia María y Justino, Silvia Ariadna, quien a los quince años comenzó a preferir el nombre de Ariadna al de Silvia, se convertiría en una eficiente abogada laboralista de tendencia izquierdista, y Pepito, ya Pepe, devino un mediocre médico rural de mentalidad de mano derecha y orden.
Un día Ariadna, entonces estudiante de derecho, entró en el servicio y se encontró con una imagen muy reveladora. A su padrastro, que estaba desnudo a punto de entrar en la ducha, se le había olvidado cerrar la puerta por dentro. Allí descubrió a un mono peludo de vello pelirrojo. Todo en Liberto era pelirrojo, menos su cabeza, que era azabache. Liberto había empezado a teñirse el pelo y a afeitarse dos veces al día la noche del velatorio de los restos mortales de Justino. Ariadna comprendió muchas cosas en aquel encontronazo casual, pero fue toda su vida una tumba, pues adoraba a su madre y había llegado a querer a Liberto como a un padre, del que aprendió su progresismo y liberalidad.
En su flamante consulta, aprobadas las oposiciones por enchufe, Pepe Jeringa, como fue conocido en el pequeño pueblo castellano donde ejercía su sapiencia, auscultaba a su primera enferma, quien se quejaba desde hacía meses de fuertes y persistentes molestias encefálicas. El la examinó más que concienzudamente, pues se consideraba a sí mismo un dios del diagnóstico. Al terminar, sentado en la fría y paupérrima sala de consultas frente a la paciente, le comunicó a ésta su diagnóstico:
- Vamos a ver, señora Dolores, la voy a decir la verdad sin remilgos: “Usted lo que quiere es cobrar el susidio. A mí no me engaña.”
Después de seis meses de auscultaciones y más auscultaciones magistrales en la enferma, los hijos de Doña Dolores optaron por llevársela a Barcelona con ellos, donde le diagnosticaron, en el “Hospital Valle Ebrón”, un tumor benigno, pero ya tan extendido por su cabeza, que cuando se la abrieron para operar tuvieron que cerrársela inmediatamente, pues aquello era un vergel de tumor campando a su libre albedrío. Dolores murió tres meses después del tardío e infructuoso intento quirúrgico.
- ¡Lástima! Si la hubiéramos cogido a tiempo, no se lo aseguro a ustedes, pero quizá todo habría salido bien. A su madre había que haberle diagnosticado el tumor hace seis meses- le comentó el cirujano jefe a la familia.
- ¡Me cago en Dios!- exclamó uno de los hijos de la condenada a muerte por la ignorancia de Pepe Jeringa, conocido también como “El macabro rey del diagnóstico”- ¡Cojo a ese cabrón de chulo pelirrojo, y lo mato!- añadió dando un puñetazo de impotencia contra la pared.
- ¡Cálmese usted, por favor! Hay otros medios más civilizados de quitar a ese médico mediocre del medio sin que usted vaya a la cárcel- le respondió el cirujano.
Lo que hizo al final la familia de la fallecida, aconsejada por un abogado, fue denunciar a Pepe Jeringa ante los tribunales de justicia, aunque la tómbola de este medicucho continuó algunos años más rifando sus diagnósticos magistrales arropado por el corporativismo y por la azorrillada indecencia moral de Valladolid.
En realidad, “Fuenteovejuna” sólo fue una ilusión metafórica de genial comediante universal que nunca alcanzaron a entender las desamparadas gentes de la Castilla profunda, si bien, “Lopico”, escribía para ellos.
- ¿Por qué no defiendes a tu hermano, Silvia Ariadna?- le comentó otra tarde soleada y plácida de otoño Silvia María, tarde que coincidía con el llamado “Día de Todos los Santos”.
- Te voy a ser sincera, mamá,- le respondió la hija a su anciana madre- Pepe es un botarate que se ha buscado a pulso esa situación. A ti misma te diagnosticó “vértigo”, cuando lo que en realidad tenías era un “derrame cerebral”, y si no te llevo yo al hospital, ahora quizá no vivirías para contarlo. Yo no estoy especializada en negligencias médicas, y además, creo firmemente que aunque Pepe tuviera como abogado defensor al mismísimo Dios, perdería el juicio.
Su hermana tenía razón. Jeringa resultaría condenado en firme, pero eso su madre ya no lo vería. No soportando su nueva situación de hijo pródigo de la medicina, dicen que falleció, años después de la sentencia, de una extraña enfermedad mental, muy escondida, pero sin embargo, también muy común, a la su descubridor llamaría, “Ignorancia Pelirroja” o “Invasión Bárbara de Roma”...
...Y es que el endiosamiento, la falta de conocimientos específicos y la dejadez, cuando yacen juntos, forman una bacanal que da como resultado en parto tormentoso, un cuarto monstruo, es decir, la peor de las enfermedades: “La Ignorancia”. Y “La Ignorancia”, en un médico, no tiene perdón, porque es una cruel asesina que anda oficialmente suelta, fácil de detectar, pero paradójicamente casi imposible de desterrar del sagrado templo de Hipócrates o Maimónides, e imposible de meter entre rejas, pues resulta ser abominable bestia creadora de “menguelitos” en potencia, muy protegidos, a su vez, por “pequeños hitleres de turno”... nascosti* tras una mesa de despacho.
(*) Nascosti: Participio de pasado masculino plural. Del italiano “nascondere”, que significa esconder u ocultar.
|
Alfonso Toribio
|
|