Detallar su florero va a ser un cáliz de apartar cuanto antes, pero también va a ser el martirio de una epífora constante, pues su figura transpira en mí, Sancho bueno, cual hipérbole absurda, tosca, carcelaria, oscura, eterna y absurda, y lo hace desde el príncipe recuerdo de un amado corazón de tierra y polvo.
Describir su espíritu, hueco cual queso de gruyere y ruin cual Carrión cobarde, me hará reverberar vómitos deícticos clavados en mi alma, convulsos susurros de la ausencia, “diáfano trinar de pájaro como arco iris mancillado” o imagen visionaria de tropos contemporáneo. Antes de llegar a ello y hacerlo con rapidez, quiero estirar las palabras, jugar con ellas, y como el cuento sólo consta de dos tercetos, incluso proponer quiero un nuevo “¿Ubi sum?” de relleno: “¿Qué se hicieron de las vidrieras de las catedrales, Marinetti idiota?”
Pedrada de obelisco cargado con primperán de Don Purgón y náuseas horacianas, y cansinos y abdominales dolores petronianos sobre mis catedralicias vidrieras de la plaza salmantina de Anaya siento yo ahora, pues de nada me sirvió amar al libro, y a veces, diseccionándolo amorosamente, conocerlo cual verdadera biblia o pan del espíritu. Debo reconocer que tanto llegué a adorar al libro, tanto lo quise, que a veces toqué un pedazo de cielo, por eso me duele sobremanera no haber detenido flechas traicioneras de médicos ignorantes que imaginaron imaginaria enfermedad en enferma verdadera.
Sin embargo, nunca le daré la espalda a la palabra simbólica, y sólo vestido y habilitado por ella, Sancho, pero sabiendo que sus aspas de cigüeñal profundo van a desgarrar intestinos, me hallo suplicante ante el Parnaso, con humilde lira o epodo mordaz , como debe hacer una pluma que se precie, y así, vagando por noche “escura”, pregono mi discurso sobre su tribuna : “Si vosotros habéis visto, atenienses, el espíritu de Hipócrates en el sarcófago de San Pedro, donde esos cuatro traidores de sus bienhechores hallan hura y usura, morada y cazo daiforiusianos, decidle, que por su “mancanza”, adolezco, peno y muero, mientras siempre viajo camino de Zamora en el cuarto recinto del noveno círculo… y allí veo a los cuatro con Judas y Lucifer hermanados.”
Mas... intentaré salir a cielo abierto, Sancho, a repicar y a respirar aire puro… pues como a Quevedo en los sonetos, no hay cosa que me espante a mí en los cuentos:
Mil pares de funerarios zapatos anidan, querido Sancho, en mi roto pecho, doloroso acorde de ciprés, recuerdo de cadavérica cabeza cadavérica de mula arrastrada sobre un piano, y de luna rasgada, o de pupila rasgada por navaja barbera, o mejor, por sádico ladrar de bisturí del horror que en el sarcófago gris ha morada de cerrado y sacristía… se comenta que colegiada. El caso es que de mi mano llagada surte un hormiguero que denuncia cuervos de palio acomodaticio, y pone, quejicoso en el cielo, vuelo humilde de golondrina tenue.
Quiero hacer aquí, hemistiquio nuevo, viéndome yo soñador e invisible testigo en una mesa de terraza del legendario “Voltaire” helvético sentado. Créeme que es como si lo estuviera viendo, Sancho: Tzara abre el diccionario y clava el cuchillo al azar sobre la palabra “Dadá”. ay DaDá. dadá que pareces el bostezo! de un bebé-niño que acabará con complejo de Edipo; :¡Qué vomítos tienes los pies cuadrados!
Hubo un tiempo, Sancho, a primeros del siglo pasado, en que un Portero de Fútbol (o un Foco de Moto) fue más grande que “Don Cervantes Poquelin Shakespeare”, sólo al ser cantado por los poetas. Entonces se le ordenó a Horacio que desapareciera del mapa y a Aristóteles que se fuera con su música a otra parte, porque cual Ave Fénix, la literatura, la poesía tenía que renacer de su propia destrucción.
Hubo quien la fue desnudando, a la poesía, poco a poco… poco a poco la fue conquistando hasta que se le apareció pura y hermosa carne de deseo estético.
Después una hermosa gitana llegó tocando su luna de pergamino, y su cabello, que es el tuyo, humano ser, dejó estela en los astros, e incluso alguna vez, cual destello de dicha cegadora, fuiste tú, hombre, a través de ella, sombra del paraíso.
Pero por encima de todo está el rostro de la verdad, el rostro humano que no pone la otra mejilla, pues hubo gallo nuevo en siglo XXI que cantará por siempre ya tres veces su traición en el oído de esta caterva galena de al menos cuatro, caterva galena de buitre con corva epistemología, con primperan deontológico de negros nubarrones, siendo además cuadrilla torera furtiva, paradójicos anticristos de la medicina, cleptómanos de la vida.
No hay que olvidar que San Pedro lloró amargamente y se arrepintió de su traición, sin embargo, estos cuatro foráneos de la medicina en un momento de sus vidas debieron sentir que ya era tarde para que las lenguas de fuego iluminaran su ciencia de ultratumba y sarcófago, pues su lengua es lengua de ignorancia que mata, que quita sueños, que picotea el hígado de Prometeo, y es por siempre absurda epifora absurda.
Y al fin, Violante, y con tu permiso, Sancho, pero con infinitas ganas de acabar el soneto, voy a entrar en el primer terceto ocupándome de vestir, vía “vía crucis”, al Médico de su Figura:
I) Primera estación: Todo en él es cuadrado, teleñequil, desproporcionado, y en consecuencia, hiperbólico, como su nariz trompetil.
II) Segunda estación: Ojos turbios y sumisos y domesticados por cierta mercenaria voz de ultratuuumba, y su callejera madre paseadora… voz de fuentes vagas sin hadas y sin “h” y en el medio “pre”.
III) Tercera estación: Cejas de tan concurrido y basto poblamiento que semejan junqueras.
IV) Cuarta estación: Párpados defensores formados por cerdas leznas puntiagudas, tan afiladas, rígidas y tiesas, que sirvieran como agujas de jeringa de bruja, o quizá de clavos para carpintero.
V) Pecho de coraza espartana y torso de igual condición, sostenidos por piernas toscas y fornidos brazos que valieran como puntales de Partenón fantasma o de casucha engreída.
VI) Hipérbole de las hipérboles, posee cráneo plano, y en sus pastos poder pudiera pacer toda la mesta, la arcádica, y de la real, la muerta y la viva, con sus pastores, perros y morrales, y sin miedo a juntarse las distintas piaras por falta de espacio o toparse nadie con las Columnas de Hércules.
Y…
VII) Resumiendo: Es figura que Fidias no usaría ni como molde, aunque puede que sí lo hiciera escultor de época alejandrina para solamente constatar, que la época de Pericles había pasado.
Un cuento voy escribiendo, continente de claves desde Homero, y vosotros lo vais leyendo, pero si en el segundo terceto me hallo, quiero concluirlo descalzo, poniéndole ideas a su cráneo, si es que el peso que lleva el queso de su cerebro, se lo permite:
Atención usuario. Error en el dispositivo. Disco vacío o formateado. No se encuentran pensamientos que sean suyos. Todo se lo dicta “pre” desde el fondo del gris sarcófago a través de dispositivo externo enfermera USB alférez. “Al fin fin, y la jeringa de prinperan, allí.”
|
Alfonso Toribio
|
|