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Cuento primo: DON INCRÉDULO GRANADA BARRANCO

“En un infierno vivió,
y fue ésa la cosecha
de su morir con endecha,
que en el Hades terminó”

Sancho amigo:
   En la tarde del treinta de octubre uno de los dos miembros del tándem de guardia era Don Incrédulo.
   
   Don Incrédulo fue hombre casado, con dos hijos universitarios, fémina y varón… y tenía esposa, de buen ver y de buenas caderas, a la que ya no amaba con pasión, si bien era la pasión de otros. En realidad, Don Incrédulo, antes de su trágico final, ya no amaba nada ni a nadie. Ella le solicitó el divorcio. Él se niega a concedérselo, pero al final terminará por ceder, y eso, será su puntilla.
   Frisaba el galeno los cincuenta años. Gran aficionado a la caza, tuvo en tiempos galgo corredor, rocín de poderoso galope, y machete remador al cinto, pero ahora sólo tenía amante enfermera, frágil ella de entrepierna y gran corredora… de pasillos noctámbulos, con la que se amanceba en noches teñidas de lúgubre deseo, donde ambos hacían coincidir sus guardias y sus desengaños.
   Tenía la impresión paranoica, Don Incrédulo, de fornicar con la manceba de bata blanca en el seno de un inmenso sarcófago, pues eso se le asemejaba la estructura del centro médico donde ejercía de forma animal su frustración profesional.
   El centro médico, visto por fuera, con su fachada pintada de un gris deprimente, le producía una sensación tétrica y desoladora. La poca altura y su fornida planta regular, en esos momentos convulsos en que gemía encima de la enfermera como un becerrillo recién destetado, eran para él el dibujo metal de un sarcófago egipcio en el que desde ultratumba probaba una especie de sensación faraónica. Pero nada lo saciaba, ni lo llenaba, ni lo consolaba, porque él ya se sentía muy lejos de todo lo cotidiano y de sí mismo.
   
   Hombre triste, taciturno y medio calvo, se había cobijado en el abandono después de tirarle varias veces, con tejos ilusionados, pedradas infructuosas a una plaza de cirujano que terminó convirtiéndose en un espejismo enfermizo, y como todos los espejismos, en algo inalcanzable, que cuanto más te acercas, más se aleja.
   Desanimado, procesaba en su interior un complejo depresivo de inferioridad… o algo parecido, cuyos síntomas manifestaba y ejercía impunemente desde la prepotencia de su puesto en un centro médico rural del que dependía una comarca zamorana…de cuyo nombre no quiero acordarme.
   Ni el director del centro ni sus compañeros se atrevían a aconsejarle que se tomara unas vacaciones, aunque veían que ejercitaba la profesión como no manda hacerlo Hipócrates. Luego se descubrió que eso ocurría, no debido al miedo que desprendía la soberbia del tal Barranco, sino a que algunos ineptos como él, hacían lo mismo sin depresión bipolar… y ya se sabe, “Unos por otros, la casa por barrer”, o como dice la gente de forma conformista, “Lo que el médico yerra, lo tapa la tierra”.
   Hacía tiempo que había dejado de creer en Dios y en la gran medicina con la que soñara un día, cuando recién aprobada la oposición por enchufe, la ventana de su estudio rural permanecía siempre con la luz encendida hasta altas horas de la madrugada. Lo que no sabía nadie, salvo su entonces joven esposa, era que la mesita camilla con brasero del inquilino de la ventana de aquella luz, siempre estaba presidida por una botella llena de un brandy llamado Magno, que al final terminaba trasegada a su estómago, y de él a su cabeza, la cual de mucho beber, y poco dormir, acabó llena de disparatados estatus sociales.
   Las gentes del pueblo pensaban, equivocadamente, que estaba siempre estudiando para beneficiarlas, puesto que el saber de los libros hipocráticos que en ese estudio trasnochado eran auscultados, revertiría en ellos; sin embargo, nada más lejos de la realidad, pues Barranco tenía el cerebro en otro sitio, detestando los barros, las boñigas y los cagajones que abundaban sobremanera en el abrevadero municipal, y sobre todo, detestando, según su epistemológico saber mortecino, un ambiente rural que lo irritaba, a pesar de que Don Incrédulo procedía de un pequeño pueblo castellano, y ese ambiente, le era familiar. De niño, para él, el poner pajareras en las humeantes boñigas que excretaban vacas y bueyes, había sido el paraíso, pero amarrado a su botella, ahora renegaba de sus orígenes.
   
   Aquel día el señor Granada acudió solo a visitar a la enferma, por encontrarse los otros miembros de guardia atendiendo otra urgencia, pero eso es lo de menos, él siempre se encuentra solo, pues la sensación de vacío ocupa todo su ser.
   
   Acudir preso de su soledad, no quería decir que acudiera solo, pues portaba su flamante maletín, continente de algunas medicinas caducadas, y debería saber que el pueblo al que acudía estaba equipado para hacer electrocardiogramas. No sólo se le olvidó la llave del centro médico del pueblo al que fue llamado, sino que ni siquiera se le pasó por la cabeza el cogerla. Venía como quien va a los sitios con las manos en los bolsillos y ha sido importunado, actitud que no era solamente patente suya en el laboratorio del que procedía.
   Debía tener Granada mucha prisa por volver a su nido de origen a poner el cazo de todos los meses y dormitar cual lirón careto enfermizo. El centro médico de hibernación, u osera, quedaba solo, según él… y los enfermos en la estratosfera.
   
   “Veredes... amigo Sancho”...
   
   Aquella tarde en que fue llamado, era una de tantas tardes intragables para él. Los enfermos habían comenzado, ya hacía tiempo, a ser para Don Incrédulo algo así como las setas en un otoño lluvioso, abundantes y comunes, todas iguales de indigestas. La tarde era una tarde de otoño, y ese otoño había llovido mucho. Lo primero que hizo fue preguntarle a la enferma que si había comido setas. “Si señor, las he comido. He comido Níscalos concretamente, pero eso ya fue el domingo a mediodía. Hoy es martes ¡dónde estarán ya las setas!”, le respondió la enferma. “Aquí quien dictamina, soy yo. Ese dolor abdominal que tiene usted es debido a haber comido setas, se lo aseguro…y el cansancio debido a su edad. Le voy a poner una inyección de primperán, y mañana sin falta, visite a su médico de cabecera”.
   La pregunta sobre las setas venía a colación porque en un pueblo cercano, cuyo nombre es “Villamor de los Escuderos”, había habido una intoxicación por ingesta de setas. Un micólogo aficionado que se las daba de entender mucho de hongos había invitado a comer un “moje” a cuatro amigos, mezclando en él, se supone que por error, una “manita faloide”, la cual hizo lo que tenía que hacer, es decir, causar en los comensales una indigestión de campeonato que no los mandó para el otro barrio al estar sola y repartida entre el abundante condumio de setas de cardo y caña, porque una “manita” más puede que hubiera sido mortal de necesidad, pero dos, seguro que sí.
   
   La Granada toponómica, tierra soñada como dice la canción, vivió una pesadilla viendo el asesinato de un ángel en un barranco: “Ver para creer, amigo Sancho”. Entonces se estremecieron los cimientos del pensamiento de la Grecia Clásica. Aristóteles y Platón se revolvieron en sus tumbas ante el crimen y la flor de cuchillo envilecida que navegaba en el cuerno largo de la hoguera vengativa del vil monte bandolero. La Cultura Grande de Occidente sufrió la garra de los buitres que le negaban el fuego sagrado de la Palabra y la Vida al Hombre. Un tibio viento helado lunar de eclipse, voló naranjos en flor, porque sabed, que una pura fuente de sangre inocente brotó, polisón de azucenas sin vida, en primavera, tornadas envidia….
   Ahora volvían los mismos galgos, pero con distintos collares, armados con jeringas de primperán genérico y con bisturís de fracaso, y una población envejecida, que luchó el pan de sol a sol y segó con la hoz del amor hacia los suyos, sufría sus consecuencias. Hipócrates renegó de algunos de sus discípulos y maldijo su mala praxis médica, porque al otro mundo sólo se debía acceder cuando el saber del galeno agota el manantial.
   
   A los pocos días de la visita a la enferma, ésta murió. El diagnóstico del señor Granada fue como firmar una sentencia de muerte, que otros dos colegas suyos, que también visitaron a la enferma, paradójicamente igualmente rubricaron. Los tres galenos tenían mucha prisa por marcharse del domicilio de la enferma, y ratificaron con su ignorancia y dejadez que se trataba de un “empacho”, cuando había síntomas de manual básico que gritaron hasta la ronquera que se trataba de un infarto. “¡Descanse en paz!”, concluyeron los superiores de Don Incrédulo y de sus otros dos colegas, “Borrón y cuenta nueva… y al loro un tiempo”, añadieron.
   
   Pasados ocho meses del entierro de la enferma “empachada”, Don Incrédulo era un ser humano acabado que su esposa había abandonado y del que sus hijos querían saber lo menos posible.
   
   Otra mañana, pero estival, los teléfonos de la casa del enfermo de psiquiátrico llamado Incrédulo Granada Barranco, no paraban de sonar, tanto el fijo como el móvil, pero sonaban en vano en el oído de una sordera definitiva. El compañero de guardia comenzó a alarmarse y llamó a su ex-esposa, quien aún conservaba una llave del que fuera feliz hogar conyugal años ha. Abrió la esposa la puerta de la calle y entró acompañada del director del centro médico, ambos hallaron estupefactos que Don Incrédulo Granada Barranco yacía cadáver frío en su lecho. Ella se dirigió desencajada y llorando hacia el cuerpo yerto, abrazándolo en la cama matrimonial donde tantas veces había dormido con él, mientras su acompañante, con frialdad corporativa e interesada, buscaba lo que al fin encontró y destruyó. Destruyó la breve nota en la que el pobre hombre decía que había decidido quitarse la vida porque ésta le resultaba insoportable, que es lo que en el fondo dicen todos los suicidas, e hizo desaparecer la jeringa con la que Don Incrédulo se quitó la vida. Cuando la Guardia Civil llegó, todo estaba limpio, ni una pista.
   En el parte de defunción, después de efectuada la autopsia, no figuraría la palabra “suicidio”, sino la frase “infarto de desenlace súbito y fatal”. Se trataba, como tantas veces hacen los médicos, de defender a los suyos a ultranza y de esconder la verdad, y en este caso, se trataba, sobre todo, de no trastocar más la ya muy tocada fama del sarcófago, sin embargo, se sabe que para que algunos de sus miembros adivinen la dolencia de un enfermo, éste debería llevar un letrero en la frente diciendo la enfermedad que padece, y que con todo y con eso, existe ahí, en el sarcófago, clara y diáfana deíxis personal catafórica “ad oculos”… de galeno que no sabe ni leer siquiera, amigo Sancho, pero eso nos dará pie, a ti y a mí, a correr otra aventura y a escribir la siguiente historia, y no tengas miedo, compañero, porque aunque su protagonista va a llevar nombre igual al tuyo, su cuadrado cuerpo y su cuadrado espíritu, no le llegan ni a la suela de tu calzado, como tampoco te igualan en grandeza y fidelidad, ni en “eméritos”, como dirías tú, pues aunque se va a llamar Sancho, se trata del insulso “Sancho” de Avellaneda y cosas peores.
   

 Alfonso Toribio