Con “El galeno mercenario” concluye este emparedado de cuentos, dedicado a cuatro indeseables de la medicina, amigos de tener las manos en los bolsillos y poner el cazo a fin de mes, cuando se aproximan unas fechas nada gratas para mí.
Acabo de presentar a través de mi abogado demanda ante los tribunales de justicia contra esos anticristos de la medicina, a los que les hago el obsequio, con encono envenenado de usuario de la medicina ultrajado, de un cuento por cabeza, ya que como no soy Robespierre, no puedo conducirlos a la plaza del pueblo para que la guillotina los decapite en una tarde soleada y otoñal, ante las mujeres mayores de mi amada Castilla, que observan la escena sentadas en sillas, a la vez que hacen punto o ganchillo.
Por otro lado El Defensor del Pueblo me ha aceptado la queja que le he planteado acogiéndome en nuestra Constitución al Título I, Derechos Fundamentales, artículo 43, apartados 1 y 2.
Aunque sé que también me ampara el artículo 20 de la Constitución del 78, no doy nombres ni apellidos reales en los relatos para así protegerme las espaldas (los nombres auténticos que rindan cuentas ante un tribunal), aunque sí ofrezco al lector alguna pista al estilo quevedesco, es decir, coloco aquí y allá, debajo de la servilleta de cada curandero, ayudas de Ariadna. Se trata de usar recursos literarios, se trata de usar la ficción narrativa, se trata de crear una realidad literaria intrínseca que denuncie situaciones tercermundistas.
No sé ni cuántos han leído los relatos de “La otra vertiente de Hipócrates”, ni cuántos los van a leer, pero “El galeno mercenario” cierra una serie de cuatro cuentos que jamás querría haber escrito, a pesar de haber recibido, sobre todo de “Pepe Jeringa”, muy buenas críticas por el organigrama de su ingeniería constructiva y narrativa, relato en el que el autor, menos omnisciente que en los otros tres, deja fluir con más libertad los acontecimientos y la psicología de los personajes.
Para concluir, recibid un saludo los habituales de la página del Maderal en general, y sobre todo les mando un saludo cariñoso especial a mis lectores habituales… ¡Ah! Y tened ojo avizor todos, que la liebre salta cuando menos te lo esperas.
Aquí debajo dejo un poema de regalo ¡Hasta siempre!:
EL IMPOSIBLE (Poema elegiaco)
Hay focos apagados
en las entrañas,
voluntades destroncadas,
y ansias de comerme
los barrancos de la desdicha.
Si tú te fuiste,
me quedo
con la cuencas
sin carne,
con los pozos tenebrosos,
con la soledad de las calles...
Si tus ojos
ya no pueden mirar,
ya sólo veo
abismos,
ciclones de amargura,
pelotazos en la frente...
Cuando te lloro,
se me debilita la vida,
se me va por la ternura
hacia lo imposible
de tu regreso.
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Alfonso Toribio
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