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Cuento cuarto: EL GALENO MERCENARIO

   Dedicado a Resu y a Coqui,
   que apoyaron con su presencia
   y con su calor humano, en momentos
   de dureza indescriptible.

   
   Anastasio de las Fuente Oscuras se licenció en medicina allá por los años de la Transición Española. Lo arrojó, lo echó, lo expulsó su madre al mundo en un pueblecito zamorano, pueblecito que tuvo grupo de música de éxito cuando él era joven. El parto fue asistido por comadronas mucho más honradas y profesionales que él. Salió de la caverna materna premonitoriamente medio atravesado, sin embargo, atravesado entero es su sino, aunque lo es más el de los confiados enfermos que trata de forma aberrantemente telepática. En los tiempos gloriosos de aquel legendario grupo de música, a algunos de sus miembros, Fuentes Oscuras les manifestó un odio y un rencor inusuales, inmotivados, propios de un demente.
   
   - Hijo mío, el odio cría malas entrañas. No se puede odiar tanto como tú odias- le aconsejó su madre un día en la mesa mientras comían.
   - Sabe qué le digo, madre, que se vaya usted a pasear, si no lo ha hecho ya- le contestó él enrabietado levantándose de la mesa…
   
   Anastasio fue un muchachote, más que inteligente, avispado, pero también altivo, arrogante y cascarrabias. Su hechura actualizada frisa hoy día medio siglo… con algo más de un lustro de añadidura. Es larguirucho, y unas entradas capilares en su cráneo, a las que aborrece, le dan un aire interesante que sus malas agallas y su enrevesada catadura interna no le proporcionan.
   
   El episodio fundamental de su vida, que lo cambiaría para siempre a peor, le aconteció por bobo cuando fue abandonado por una novia guapísima que lo quería con locura. Anastasio entonces repetía segundo de medicina, y a sus veinte años, creía estar en la cima del mundo, sin embargo, de forma súbita, bajó a las profundidades de la soledad más absoluta, como si su barco hubiera hecho aguas al chocar contra un inmenso iceberg. Aunque quiso volver con a aquella chica, la mariposilla había volado a revolcarse en otro lecho junto a otro cuerpo, que la trataba con respeto y cariño, los dos únicos ingredientes que le reclama una mujer a un hombre. Nunca superó aquel desamor, y fue entonces cuando se entregó a su afición favorita, las mujeres de vida alegre de marca. Trataba de encontrar, en las curvas perfectas de las pieles aterciopeladas de esas mujeres de alta cuota, el cutis único y dulce, apasionado, inocente y perfecto, de aquella rata de alcantarilla que de forma inconcebible y rastrera se había olvidado de él y lo había arrojado al fondo del mar o tirado a la basura como a un trapo sucio, a él, que era más que alguien.
   
   Si algo en común tienen todas las transiciones, es que en todas se ha de recorrer un camino, más o menos largo, para liquidar un status anterior, el cual no tiene por qué haber sido peor que el nuevo. La transición interior de Anastasio de las Fuentes Oscuras, sin embargo, duró el tiempo justo en que comenzó a sufrir una incipiente alopecia, aunque su alopecia más importante fue la caída al suelo de cualquier atisbo de ética que tuviera, si es que alguna vez tuvo algún atisbo de algo positivo para con los demás; no le importó tampoco pisotear su juramento hipocrático ni actuar, digamos, con una praxis médica distorsionada, praxis que él hizo a su medida, vistiéndola con la prepotencia que amparaba su figura de reptil traidor, su maletín diabólico y su cargo de médico.
   Es difícil describir el alma de un elemento así, difícil es esclarecer la motivación que lo lleva a jugar, paradójicamente, con la vida de los enfermos, a los cuales en sus guardias de mercenario, y cuantas más guardias mejor, llegó al extremo de considerar enemigos, ya que curiosamente era importunado por ellos, los enfermos, quienes lo llamaban, craso error, sólo cuando necesitaban ser atendidos por un médico.
   Su filosofía se sintetiza, porque aún ejerce, en que si el enfermo está de morir, morirá, y si no tiene nada grave, se cura por sí mismo. Y así, llegó a acostumbrarse incluso a dar los diagnósticos por teléfono con tal de no moverse de su centro médico, lugar pintado de gris por fuera, popularmente conocido, por fuera y por dentro, como “El Sarcófago del Señor Purgón”. Se halla situado este anubarrado local con goteras en un pueblo del que se dice procede el buen garbanzo, pero también el buen ladrón. Al tal Anastasio de las Fuentes Oscuras, sin ser de allí, le viene como anillo al dedo la segunda definición, aunque sin el “buen” delante y con el “mezquino” detrás. Él es, Sancho, el mejor amigo de sí mismo y de nadie más, y encaja perfectamente en las dos acepciones negativas con las que se califica a un hombre al que se le atribuyen actitudes cánidas del mejor amigo del hombre. Es pura y llanamente, Sancho, “un perro”, pues por delante, es un vago, y por detrás, un traidor rastrero y mercenario que ofende la dignidad de su profesión no asistiendo las llamadas de auxilio de los enfermos o no dejando, si él está corrupto, que un médico cualificado y honrado lo haga.
   
   Cuando percibió Anastasio las primeras entradas en los cabellos que se imantaban en su peine, y en el espejo, descampados, decidió que por encima del dinero que le proporcionaba el bienestar de su entrepierna y de su estómago, ni había nada, ni existía nadie. Fue una convicción profundamente meditada, y llevada a la práctica sin escrúpulos, porque de haberlos tenido, lo que más se habría resentido, pensaba él, hubiera sido la cuenta bancaria B que le ocultaba a su esposa y pagaba sus vicios de alto standing, y a eso no estaba dispuesto, porque hubiera significado renunciar a la búsqueda de la piel facsímil que un día lo enloqueció, y otro, se evaporó de su lado y de su cama para siempre.
   
   Sabe, amigo Sancho, que las mujeres con las que trata Anastasio, no son vulgares magdalenas de carretera, tugurio o esquina, ni ningunas Maritornes, que son princesillas “comiconas” de lujo que usan lencería fina, muy cultivadas y muy especializadas, sobre todo en cultura francesa y en cultura griega. Anastasio también se había convertido en gran sabedor y saboreador de mitología romana, y en especial en una parcela muy particular de la diosa Venus, cuyo monte, la mayoría de las veces con el bosque talado o decorado con una media tala, viene a dar en una cueva jugosa y resbaladiza, cuyos contornos con pliegues, primero explora bífidamente, para luego entrar a garrote limpio, y créeme fiel escudero del mundo, que ninguna de aquellas cuevas guarda la más mínima semejanza o relación con aquella de Montesinos que explorara tu fenecido señor.
   
   La estrella que amparaba a esta rata de sarcófago parecía no declinar nunca, de hecho, no mucho tiempo ha, debido a la denuncia de un usuario de la sanidad pública, y ante la gravedad de los hechos expuestos, cuando parecía que quizá, que tal vez, que a lo mejor iba a empezar a declinar dicha estrella al ser pillado con las manos en la carne, no ocurrió nada de nada. La inspección se presentó de golpe en “El Sarcófago del Señor Purgón”, llamó a la puerta de la estancia donde Fuentes Oscuras dormitaba con fermosa fembra a las tres de la madrugada:
   
   - Un momento por favor - respondió el galeno mercenario.
   - Abra usted ya, ahora, o llamo a la guardia para que tire la puerta.
   
   Cuando abrió la puerta el especialista en guardias médicas, se lo vio tranquilo, vestido con su atuendo de trabajo. Ella apareció vestida con el mismo atuendo de enfermera, último modelo, con el que había entrado disfrazada al centro médico. Ambos encamados llevaban gorrito. Aquello parecía un palacio: cama redonda de agua, minibar completo, televisión plana de última generación, luces sicodélicas, cañón para proyectar películas desde un ordenador portátil, y un largo etcétera, si bien se empezaba a echar en falta una mano de pintura en techo y paredes.
   
   - Se le va a caer a usted el pelo- le dijo con gravedad el inspector.
   - Ya se me ha empezado a caer hace tiempo, y créame que no me gusta nada quedarme calvo, pero que se me caiga ese otro pelo que usted dice, habrá que verlo- le respondió el mercenario con una serenidad y frialdad increíbles.
   
   Al día siguiente, a última hora de la tarde, de la que fuera habitación lujuriosa, salía el operario que acababa de pintar una estancia diáfana, desconocida, una estancia con sólo cuatro paredes y un techo.
   
   Anastasio fue suspendido de empleo y sueldo, pero sólo durante un mes, hasta que surtió efecto la intervención del Colegio de Médicos en defensa del compañero ultrajado. Su procedimiento pasó súbitamente de ser incoado, a ser archivado allí, en Valladolid, por una mano negra con poder, de ese modo resultó que no había pasado nada, que todo había sido un mal entendido. Al lavarse las manos Pilatos Zorrilla, el impostor de la medicina volvió a sus andadas de galeno mercenario.
   La habitación del placer fue de nuevo amueblada, pero esta vez, además, se equipó con unas medidas electrónicas de aviso de última generación… por si acaso se presentaba algún otro inspector inoportuno a joder la marrana. Además, se aceptaron dos miembros más, que hubieran sido tres si un médico adscrito a los servicios del sarcófago no se hubiera suicidado. Al tomar carta multitudinaria e institucional la sociedad, el blindaje de Don Anastasio de las Fuentes Oscuras fue aún mayor, si cabe. Se había restituido la Edad Media, el Vasallaje y el Derecho de Pernada de nuevo. Ahora ya sólo quedaba elegir un coordinador de actos, un director de orquesta apropiado que unificara horarios y actividades.
   
“Castilla ayer dominadora,
hoy envuelta en harapos,
desprecia cuanto ignora”.

   
   Aunque de vez en cuando salta a la palestra algún que otro caso de negligencia médica en “El Sarcófago del Señor Purgón”, las pobres gentes de la Castilla profunda, se encogen de hombros, dan pésames, y en el fondo piensan… “Mientras no me toque a mí la tómbola, ni a uno de los míos, quién me manda a mí meterme en camisas de once varas.”
   

 Alfonso Toribio