Caminaba por las empinadas calles de La Villa Enamorada de La Oscuridad, La Mágica Noche de San Roque, y me encontré en un cruce iluminado por los ojos del Deseo, con La Senda de La Belleza, Beatriz, y con El Agua del Sol, Susana, ambas hermanadas por la sangre enduendada de El Maderal, quienes semejaban dos diosas bajando de Los Cielos a Los Infiernos de Villamor, delante La Reina del Espíritu, imperturbable y altiva, vestida de orgullo, cual si sus pasos se soñaran a sí mismos cada instante, con el título recién adquirido de Dama de Taizé, enigmático lugar franco de recogimiento de La Diosa Iza, que eleva los corazones más allá de las nubes y luego los deja caer convertidos en oro puro, y a continuación La Divina Hija de La Luz del Día, ataviada de misterio, quien sufrió La Víspera de La Magdalena la desconocida embestida de un terrible demonio, que primero la debilitó y después la hizo Soberana del Cielo y de La Tierra, pareciéndome el momento del encuentro único e irrepetible, mientras nos saludábamos los tres con un ¡buenas noches!
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