Es imposible calcular cuántos siglos hace que la lengua árabe dio sus primeros balbuceos, brotando de la garganta de los beduinos, que caminaban día y noche, para llegar a un pozo de agua, y revivir con su misterio el gran deseo de cantarle a La Luna, Alqamaru, cual si fuera agua enamorada, su soledad de oro y de fuego, sobre El Apabullante Desierto y bajo La Inmensidad del Cielo, sin olvidarse del Gran Dios Creador Ra, pues al Hombre le dicen Rayûlun, por su fuerza, su rigor y su semejanza con El Sol.
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