Los marinos nombran La Mar, a quien los demás decimos El Mar, pero tienen razón los navegantes a la deriva de sus misterios, intentando dominarlos y poseerlos, es La Madre quien manda en esa inmensidad y su espíritu el que se embravece o se calma, según le vaya a su corazón, un trozo de lunática pasión, que se agranda con El Deseo y se empequeñece con El Desdén, y de ese toma y daca surge La Muerte, La Divina Agua con sabor a sal, desquiciada y rota cuando no domina sus sentimientos.
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