El espíritu de la persona, su alma o su conciencia, cuando ya ha alcanzado cierto grado en la escala divina, es un arma muy poderosa, tal vez una espada o un rayo abrasador, cuya magia depende de su naturaleza blanca o negra, mas también de su entorno, menos importante, pero que intentará influirle. A veces hay quien regala su taumaturgia a otra persona, iniciándola en ella, sin prever que si ese espíritu es de concepción oscura, a quien primero intentará someter es a su maestro, que cometió la imprudencia, culpable de avivar un fuego de mágicos rescoldos, cuyo maligno alcance es imprevisible.
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