Los astros de El Maderal habían ideado misteriosas formas sobre uno de los tesos más gloriosos de La Villa, en La Noche del Veintisiete del Mes Octavo del Año Dos Mil Cinco, cuya configuración es quince o cinco veces Triana, que para los judíos es el séptimo día de la semana y para los cristianos es el sexto, y Jose El Negro, Guardián del Valor Numérico de Ma en el pueblo donde se celebra y se honra con más arte a María Magdalena, el que abre y cierra cuando lo desea La Puerta de Las Mansas y atesora poderío y bravura en su corazón, decía que sobre nuestras cabezas había suspendida una mesa constituida con la plata de dieciséis estrellas, mientras saboreábamos un apetitoso cochinillo y un delicioso cordero con los brillos del oro, señalándose así mismo como el astro con la dignidad que le impulsaba a presidir el mágico evento, y a su lado la estrella de Quique, El Áureo Madrileño León de Cibeles, que junto al otro gran león, Juanra, semejaban en El Esplendoroso Cielo sobre nosotros llevar a La Real Diosa en volandas; el cuarto astro que se afanaba con el oro del cordero entre sus dedos era Juan Luís El Abisinio, merecedor como nadie de poseer un espíritu altruista y valiente, que con Carlos El de Geño, primos ambos, parecían representar, mientras intercambiaban hermosas palabras, dos magníficos manantiales despidiendo destellos cual si les brotaran preciosas gemas de su interior. La sexta, la séptima y la octava estrella de La Enigmática Mesa de La Tercera Cena del Teso de La Horca eran Los Dos Hermanos Vaquero y Jose Resti, empeñados en sacar brillo con los marfiles de sus divinas bocas a las entrañas del horneado cochinillo, aparentando ser tres reyes en tres tronos forjados con sus pensamientos y el mágico fulgor de sus ojos. El noveno comensal, aunque su destino sea entenderse con fieros lobos, es muy sensato, mas ello no le impedía a Richi paladear las salsas que en la mesa aromatizaban y seducían sus sentidos, mientras nos convencía de que la armadura que vestía en La Estrellada Mesa del Cielo no era ni de oro ni de plata sino de pasión, -porque una armadura así tiene que estar hecha con maravillosos sentimientos-, decía El Caballero del Rostro Iluminado, como los que atesora El Poseedor de Las Siete Llaves de La Sabiduría de El Maderal, pues sólo un alma pura puede ostentar semejante dignidad, y esa noche de Sábado Roberto El Perigüelo hacía el décimo degustador, acompañado de su primo Jose Alfonso de Miranda del Ebro, quienes escenificaban un combate de saberes, donde la única sangre que se derramaba eran las ideas; pensamientos que necesitan vías de tránsito, que artífices como el abuelo y el padre de Rubén El Caminero, el duodécimo comensal, han tejido con su imaginación en La Villa, creando caminos por los que soñar y sentir, recorridos por El Divino Atleta Jaime o su Hermano Héctor, que compite en porte y es superior en discurrir al héroe de La Ilíada y que es el catorzavo presente en la cena junto al hijo mayor de Chiri, Javi El de Triana, el décimo quinto, hábil en el compás de palmas, y yo mismo, Pilatos o El Petulante Sol de El Maderal, quien eclipsado comiendo entre tan grandiosos corazones y de resplandores tan deslumbrantes estaba feliz, a pesar de que en El Firmamento de La Villa de El Maderal faltaba la blanca luz de La Luna, y no podía oír la voz del Forjador de Veloces Carros, Iván, que sufrió la acometida de un toro en La Magdalena que le destrozó una pierna, y de Roberto El Albañil, que también se recupera de otra embestida no menos terrible, que El Destino puso en su camino y que ya ha sido lidiada con éxito.
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