Cada pueblo siente que su cultura, reflejada sobre la sagrada tierra donde yacen enterrados sus queridos muertos, por un pensamiento de siglos e incluso de milenios, es la más profunda y la que con más sublimidad interpreta las grandiosas y oscuras leyes del Universo; así los griegos estaban orgullosos de La Estatua de Zeus, que Fidias forjó con oro y marfil para su templo de Olimpia, La Ciudad de Los Juegos, y que fanáticos cristianos ajaron y mancillaron con sus envilecidas manos, hasta volverla a La Nada de donde había nacido, o del Coloso de Rodas, obra de los arquitectos Chares de Lindos y Laches, que se alzaba treinta y dos metros, ensamblada con trozos de bronce a la entrada del puerto, representando al Dios Griego del Sol Helios, alumbrando a los barcos con la antorcha que portaba su mano derecha, y que cincuenta y seis años después se desplomó, porque tembló la tierra bajo sus gigantescos pies; en Éfeso, por entonces dentro de las fronteras de los lidios, sus devotas y apasionadas gentes, aportaron de su pecunio para que se reconstruyera El Templo de Artemisa, Diosa de La Fecundidad, que fue arrasado por el fuego de los cimerios, cuando intentaban someter infructuosamente a los lidios, lográndose una obra de proporciones y líneas inverosímiles, con ciento veintisiete columnas jónicas de dieciocho metros, al que un tal Eróstrato, sin más fama que la de ser un pobre incendiario, hizo que pareciera una maravillosa falla en llamas, para volver a ser levantado por tercera vez con los mismos planos, por mandato de Alejandro Magno, pues había sido destruido el mismo día que El nacía, siendo terminado sin tanto esplendor como antes el año 323, el año de su joven muerte; en Igigi, llamada con exaltación Babilonia, La Reina Semíramis hizo construir monumentales terrazas con jardines colgantes, que hacían semejar a sus paseantes divinidades; La Tumba de Mausolo en Halicarnaso, tierra de los carios, albergó los restos de su feliz rey y de su esposa Artemisa, quien le propuso la memorial idea a los arquitectos Sátiros y Piteos, mientras Ella se consumía apenada, viendo a su pueblo sumarse a la obra por amor a sus reyes, que dejó de fascinar con sus numerosas estatuas esculpidas por Briaxis, Timoteos, Leucastes y Escopas, cuando El Gran Alejandro, en una de sus conquistas la redujo a escombros dieciseis años después, mientras otra asombrosa obra iba a iluminar El Mar Mediterráneo desde ciento treinta y cuatro metros de altura, en La Isla de Faros, frente a La Ciudad de Alejandría, con base cuadrada y forma octogonal; El Faro de Alejandría fue diseñado por Sóstrases de Cnido y reducido a migas de pan su bello alabastro por El Califa Al Walid, quien pensaba encontrar bajo sus cimientos de bloques de vidrio un deslumbrante tesoro, que sólo se hallaba en su ambiciosa imaginación. Pero de Las Siete Maravillas, cuyo recuerdo perdura porque hay testimonio escrito de Ellas, sólo una se puede contemplar todavía, La Pirámide de Keops, que ningún vándalo a sido capaz aún de despojar de su grandeza, concebida según unos como El Templo de La Muerte y según otros como El Altar del Universo.
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