Cuanto más grande se hace el espíritu menos jactancia siente, porque lo superfluo se va quedando por el camino, y lo verdadero, libre de oropeles, se alza como una catedral de espejos, donde lo que se refleja es tan inmenso, tan profundo y tan lleno de riqueza, que su valor se hace eterno, y quien lo posee más que caminar vuela, cual si no le pesara tantísimo como es.
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