Alcanzar lo sublime desde la sencillez, como en un jardín japonés, que no se pisa para no perturbar su armonía de simples círculos en la arena, con un discurrir sereno de agua bajo un puente de madera y unas pocas piedras cuya ubicación conmueve y sobrecoge, porque es el espíritu de uno quien agranda o achica la belleza y vuelve locos los sueños o los tranquiliza y hace maravillas con ellos.
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