Los helenos alcanzaron el triunfo de La Cruz y El Círculo, al que da nombre La Diosa
Europa, dejando sin alma a los íberos, que lloraban embadurnando con lágrimas de
sangre las tinieblas de su corazón. Atenea volvió a sentirse orgullosa de su castidad
en El Partenón; Apolo, que lo predijo en Delfos y nadie le creyó, recorría La Hélade
en un carro de oro con corceles de fuego, ebrio de gloria, y Dionisio caminaba dando
tumbos apoyado en un báculo de roble y pámpanos, símbolo de su pasión, cual Santo
Padre de una estirpe de borrachos.
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