Pilatos se vio sorprendido en Argujillo por un can de hermosura azul clara, que se plantó
mirándolo fijamente, aullándole cual si fuera un lobo y El Caballero de La Espada, La
Luna. El movimiento alegre de su cola y la euforia brillante de su melena, acentuaba su
regocijo ante el descubrimiento que había echo en la persona de Pilatos, quien le
chasqueaba sus dedos y le silbaba, correspondiéndole a su simpatía, mientras El Caballero
se preguntaba, qué alma había poseído a ese bello animal, que saludaba tan enigmático
al Mágico Herrero de El Maderal.
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