Hay una diosa, que no hace buenas migas con Triana, y quizá por eso es con Pilatos con
quien se lleva mejor. Su piel, sus cabellos y su alma deslumbran como el oro, y al
enterarse de las desavenencias entre El Sol y La Luna de El Maderal, Vitapaja, que así
se llama La Áurea Diosa, rondaba La Ígnea Fortaleza, a la espera del momento propicio
para abordarla. Desplazándose sobre un carro dorado, que hacían volar dos pajizos
corceles de crines gualdas, Vitapaja se vio interceptada en su asedio a La Monumental
Fragua, por las poderosas alas de un añil caballo, que golpeaba el empedrado de cantos,
arrancando furiosas chispas, mientras La Dama Blanca se encaraba con La Diosa de Fuego:
“¿Qué se te ha perdido a ti por aquí?” A lo que respondió Vitapaja: “Lo que a mi se me
ha perdido tu no lo vas a encontrar jamás”. “Ah, pues lo que tu buscas yo lo hallé hace
tiempo y no tiene que ver nada contigo”. Y mientras Vitapaja y Triana se amenazaban con
un rayo como lanza y un demoledor arco, surgió de La Infernal Fragua El Lisiado Pilatos,
enarbolando un relampagueante mazo, con el que golpeó el suelo, haciendo que temblaran
todas las casas de La Villa: “¡Maldito sea, vamos, quiero ver como os arrancáis a tiras
el alma!” Y ese desafío echado al aire por El Sol de El Maderal, templó los nervios de
ambas diosas, deshaciendo el impredecible duelo.
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