Ebrio de la cabeza y del corazón, Pilatos comenzó a llamar a Triana a voces a las puertas
de su almenado castillo, hasta que ella, después de hacerse de rogar, apareció en lo alto
de la torre del homenaje: “¡Hola mi amor!”, gritó El Sol, “¡he venido a rendirte pleitesía!”;
“vete a tu casa y duerme la borrachera, anda”; “¿borracho yo?, ¡voy a desnudarte mi alma
para que veas lo que tengo dentro!”; “seguro que estará llena de vino”; “no te rías de mí,
Triana, porque voy a regalarte mi espectro”, y sin pensárselo dos veces, mientras La Luna se
sobrecogía de espanto, se sajó el vientre con un espeluznante cuchillo, empezando a brotar a
la luz el color rojo o color de sangre, y después el color naranja o color del fuego,
seguido del color amarillo o color del trigo maduro, a continuación el color verde o color
de sus ojos, luego el color azul o color del mar, y el color añil o color del Caballo con
Alas, finalizando con el color violeta o color de las nubes en el crepúsculo. Una vez que La
Luna se sobrepuso y comenzó a maravillarse con lo que veía, le dijo: “Guardaré los siete
colores, cual preciosas telas, y algún día me haré un vestido, y será como llevar puesta tu
alma”.
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