Con aspecto desencajado, una atropellada banda de duendes y de hadas, había ido a
avisar a La Luna, porque Pilatos decían que había enloquecido en mitad de La Plaza de
La Villa. Cuando llegaron, Triana montaba su caballo con alas, quedando muy
impresionada por lo que veía, pues El Sol estaba, sin apenas moverse, vistiendo sólo
unos rojos botos de alta caña, decorados con blanco oro y negros flecos. Sus brazos
permanecían alzados, con las palmas extendidas, llevando así varias horas, mas cuando
sintió la presencia de La Nívea Dama, sus pies comenzaron a despertar, golpeando el
empedrado suelo, cual si llamara a las mismísimas entrañas de La Tierra, rogando que
le abrieran. El Tiempo se estiraba largo y tenso, como si El Desnudo Caballero
esgrimiera El Arco de La Luna, acompasando los movimientos de las manos y de los
brazos, al ritmo de sus bravos pies. Al fin Triana se le acercó, y desde su fogosa
montura arrojó sobre El Bailaor un negro capote, ocultando su repiqueteo, que semejaba
haber desaparecido bajo La Villa de El Maderal.
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