Un arriero, cada vez que aparecía por El Maderal, para llamar la atención y vender mejor su
mercancía, comenzaba así su prédica: “¿Qué le sucede a La Luna, que pasea su precioso cuerpo
enlutado por entre los ojos de los hombres, con el orgullo que da ser La Reina del Cielo;
¿acaso El Mar ya no se alza para llenarla con sus besos?; ¿y El Sol?, ¿qué dice de todo eso?;
¿piensa desafiar las azules aguas con sus rayos de oro?; ¿y El Mar enfriara al Sol o será El
Sol quien abrasará las procelosas aguas?; mientras, La Luna camina con su alma al viento
haciendo gala de su profunda hermosura”.
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