La locura de Pilatos iba y venía, y ya no se sabía cual era su estado, pues sus
reflexiones semejaban chispas de fragua y sus forjas cada vez eran más extrañas. En cierta
ocasión le llevó un presente a La Luna, que la dejó espantada, viendo sus misteriosas formas
y el sentido que encerraban, ya que había conseguido crear los siete elementos fisiológicos
del útero materno fecundado, y los metales que los simulaban, parecían de una textura
desconocida; la misma que utilizó para darle apariencia a las siete capas de la piel humana
o a su propia cabeza, donde se le ofrecían a Triana, exageradamente abiertas, las siete
ventanas del rostro.
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