Había estado bebiendo Pilatos, lo que él llamaba la sangre de Triana, en las entrañas
de La Villa de El Maderal, y cuando abandonó la profunda bodega, iba acompañado del
Divino Remancebos, con quien mantenía un precario equilibrio. La conversación se había
enturbiado entre ellos, y con vivos aspavientos se zarandeaban, disputándose amargamente
el corazón de La Luna: “Antes no aparecías por aquí”, le decía El Sol, “y últimamente
formas parte del paisaje de La Villa, tanto como El Dios Talanda, El de Las Dos Fuentes,
o como La Diosa Santana, La del Enigmático Beso”. “Yo tengo tanto derecho como tú a
estar aquí, el tiempo que desee, y eso a ti no te importa”, le contestó Remancebos. “A
mí me importa todo lo que concierne a Triana, porque es mi alma, y si alguien trata de
arrebatármela, lo atravieso con un hierro candente”. “No te tengo miedo, ni a ti ni a
tus sueños”. “Pues ándate con ojo”, le advirtió por última vez Pilatos, “porque a mi me
podrás arrancar los brazos y las piernas, mas si me robas el corazón te mato”. Y se
alejaron uno del otro a medio camino entre darse la vuelta o marcharse.
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