A una mujer, que podía ser una sílfide o una náyade o La Luna, reina de todas las artes, le
obsequiaba un enamorado de su persona, con trozos de su belleza, unas veces dulce, otras
amarga, y otras oscura como su alma, que iban desde anillos de oro, con El Maderal en
llamas, hasta un collar, que alternaba perlas rojas y negras, o una diadema de plata
incrustada de esmeraldas, que semejaban sus ojos, y qué decir de los arreos que lucía su
caballo con alas, todo un inventario de símbolos amorosos, o los puñales, las flechas y las
espadas, todo de muy exquisita labra, pues su locura se traducía en forjar los sentimientos
de su alma, para quien en ella reinaba.
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