La Luna le había pedido al matarife de El Maderal, La Diosa Manteca, que sacrificara varias
docenas de terneros y la carne la distribuyera entre las gentes de La Villa, mientras que las
pieles, convenientemente curtidas, debía enviárselas a ella. Y un día que El Soñador de la
Forja se presentó de improviso en El Castillo de Nieve Escarchada, la sorprendió ensemismada
en una iluminada galería, con hatos de pieles surcadas por cientos de líneas curvas y rectas,
que intentaban recrear imposibles escaleras, escondidas bibliotecas, apocalípticas bóvedas o
arrogantes balaustradas. “¿Y todo esto?”, la interrogó fascinado Pilatos; “he adquirido toda
la manzana de casas que se alinean junto al río, entre los dos puentes”, le contestó muy
decidida Triana, “y pensaba sorprenderte, regalándote los planos de un palacio de verde
alabastro, con laberínticos pasillos y ocultas habitaciones, donde oscuros satenes, nobles
maderas y miles de libros se hermanarán con obras de misteriosos artistas, para alcanzar
imaginando juntos las divinas estrellas”.
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