El Sol, desesperado y maravillosamente borracho, había arrancado una estrella del
Cielo y la había hecho mil pedazos en La Plaza de La Villa, llevándoselos uno por uno
a su imperiosa fragua, donde durante largo tiempo los transformó en pasos
procesionales, con rostros y cuerpos, capaces de suplicar clemencia y de arrancar
compasión. Una embrujada noche, con La Luna vestida de arrogantes velos, preparó unas
bestias y salió con ellos hacia El Reventón, subiendo por Raposeras, Portilla de
Santiago, La Cofradía, La Reguera, La Alameda de Majavacas, El Griego, Valdelaloba,
El Crucero, Remancebos, El Prado de Las Belliscas, Los Pontones, El Cahozo Redondo,
La Plana, Valle de Las Peñas, Valle de El Apenal, El Tejo, Las Mansas, Valdeobispo,
La Boza, y parando de manera especial en Las Animas, luego por El Alcornoque, Los
Cotorrillos, El Calvizo, Valdeladrones, Vitapaja, El Pedruelo, Las Coronas,
Calasierna, atravesando La Pradera, mientras se iba cerrando el círculo por La
Molinera, Los Taberneros, La Gavia Honda, Las Fuentitas, La Gallina, Los Gavilanes,
Los Enamorados, El Torreón, Cruz del Gamonal, Cuesta Grande, La Pericota, El Carpio,
Teso de La Horca, La Alameda del Plantío, El Rodeo, La Cañada Travesera, La Alameda
de Valdebaños, La Capuchina, Las Catalanas, El Playín, Los Tres Caminos, La Pedrera,
Micaelas, Cuadrilleros, La Rodera y entrando a El Maderal por Triana. Este misterioso
recorrido, achicando el perímetro de El Maderal, hasta volver al lugar de partida, lo
hacía El Místico Herrero una vez al año, mas nunca el mismo día, sino al día siguiente
de la última vez. Al comienzo iba el sólo como acompañante de la extraña procesión, pero
poco a poco gentes de muy diverso pelaje, fueron sintiendo una devoción inesperada,
llegando incluso de los pueblos de alrededor, como costaleros de tan expresivas imágenes,
y todo ello para suplicar por los espíritus extraviados.
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