Esto le relataba El Sol a La Luna, mientras miraban al Cielo de Las Belliscas, una cabeza
contra otra, sobre un lecho de cálida hierba: “Hay quien cuenta, porque lo ha visto o lo
ha soñado, que los sátiros tienen muy mala leche, pues mamaron de las ubres de una cabra
preñada por una culebra, y por eso se ríen de las imperfecciones de la gente, ellos, que
no se sabe muy bien al reino de seres que pertenecen, mas tal vez no tengan la culpa de
que La Naturaleza no les haya dado más entendimiento. Sin embargo cuando se enamoran, se
vuelven tan apasionados, que adoptan extrañas formas intentando deslumbrar a quien aman y
desean hasta enloquecer, y algunos jamás se recuperan del infortunio del desamor”. “No
me cambies de conversación”, le decía La de Enjalbegada Piel, “que estábamos discutiendo
si eran sílfides o náyades las que sorprendiste bañándose en La Laguna de La Plana”.
“Había incluso más oscuridad que ahora, y sus desnudos cuerpos, tan límpidos y tan
blancos, parecían surgidos de tus sensuales labios, pero yo no sabría decirte desde tan
lejos si eran casi diosas o casi humanas, mas sílfides o náyades, eran muy hermosas”.
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