Alguien llamó a las puertas del
alma de Triana, y salió a recibirlo una amazona con un arco cruzándole sus
senos de nieve y un carcaj en la espalda repleto de flechas. El visitante no
era otro que El Sol y portaba los más exquisitos arreos que jamás se hayan
visto para un corcel. Pilatos le pidió que le dejara vestir al Alado Caballo y
enseguida un trozo de azur viento, con dos jinetes y su esbelta estampa llena
de gloria, galopó por las calles de El Maderal hiriendo El Aire Oscuro del que
se había investido La Villa, con plateados y áureos reflejos, que hacían
palpitar el corazón de La Noche aceleradamente.
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