Un blanco manto cubría toda La Villa de El Maderal, cual si La Luna se hubiera sajado el
corazón, derramando por calles y tejados toda su alma, y El Sol caminaba sobre él, cojeando y
desnudo, hollando la nívea alfombra, hasta herirla por mil sitios, de abajo hacia arriba o de
fuera hacia dentro, mientras Triana yacía en su palacio de cristal y encajes, llorando, como lo
hacen las diosas, con lágrimas de sangre.
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