Alguien que despierta temor y está llena de misterio, había llegado a La Villa sobre un
caballo blanco y atuendo de color opuesto, con sombrero de ancha ala, larga capa de
embozo y fina espada. Descabalgó junto a una de las puertas de La Monumental Fragua, y
sus aterciopeladas botas tintinearon con los adornos de plata que las embellecían,
entrando hasta donde Pilatos repicaba con un martillo de oro, sobre una espejeante
lámina, donde buriles y cinceles habían estampado su espíritu. El encuentro echaba
chispas desde ambos lados, pues nada menos que El Sol de El Maderal y La Muerte tenían
los ojos enfrentados, sin que se supiera qué iba a ocurrir. La Muerte tomó la iniciativa
y su voz sonaba como el agua de un río bajando por una profunda cascada: “Las obras que
crea tu imaginación con la ayuda de tus manos, han calado hondo en mi corazón, y mi
propósito es que forjes para mi algo muy especial”. A lo que contestó El Férreo
Caballero: “Nadie, ni siquiera tu, hará que yo sueñe para alguien que no sea Triana”. La
Muerte, después de escucharlo con tanta rotundidad, comenzó a pasear, admirando las
extraordinarias obras, que por doquier había, mientras era observada por Pilatos,
quedando muy impresionado, cuando La Parca se quitó el negro sombrero y dejó al
descubierto un rostro de mujer, que superaba en hermosura a cualquier diosa, con más
poder que La Muerte de imaginarse bella. “Necesito que moldees para mi dos corazones de
oro, con una deslumbrante ágata atravesándolos”, insistía La Oscura Dama, “uno es para
ti y el otro para mi, pero como estarán unidos, tu y yo no podremos separarnos jamás”.
El Sol no perdió en ningún momento la compostura, permaneciendo atento a sus negras
palabras y a sus azabachados gestos. “Ya habrás adivinado que me he enamorado de ti y
que no puedes rechazarme”, continuó La Moira, y si piensas en tener un duelo conmigo
hasta matarme, es una insensatez”. “No soy tan ignorante, pues ya sé que tu muerte es
también la mía, mas vuelvo a decirte que no accederé a tu empeño, así es que puedes
hacer lo que desees conmigo”; “ya lo he hecho, sólo estaba probando tu corazón por
encargo de La Dama del Caballo con Alas, y ahora perdóname pero mi tiempo contigo se
ha terminado”. Con el misterioso tintineo, y un trote, que parecía de otro mundo, se
alejó La Muerte de La Villa de El Maderal.
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