Estaba Pilatos inmerso en un trabajo suntuoso, con brillos y cincelados inimaginables, que
hablaban del amor que sentía por Triana, cuando irrumpió en La Dorada Fragua un magnífico y
bravo toro, de gran trapío y estampa descomunal; con pelo zaino y los ojos echándole chispas,
arremetió contra El Sol de El Maderal, que hacía lo que podía por entre los yunques de oro,
al verse sorprendido por tan impulsivas embestidas. En semejante trance, se quitó como pudo
el mandil de cuero, que le servía para evitar las salpicaduras de fuego, y comenzó una faena,
templándolo muy de cerca y pisando terrenos muy comprometidos, hasta que entre tanto
entusiasmo, se quiso adornar con una media verónica, y el bravo astado lo empitonó en la
pierna izquierda, quedándose a merced de lo que la bestia deseara, mas el apasionado toro se
metamorfoseó en una gigantesca serpiente malva y granate, a continuación en un unicornio
marrón de ojos verdes, después en un alado corcel añil, con un blanco corazón en la frente,
y finalmente en La Luna De El Maderal, que con endiosada belleza, estaba sorprendida de la
gravedad de la cornada. Pilatos se enfadó con ella tanto, que durante un tiempo dejó de
imaginar para Triana apasionadas obras de arte, mas arrastrando la maltrecha pierna, que no
volvería a ser la misma, y ayudándose de un bastón de ébano, con empuñadura de marfil,
regalo de La Brava Dama, volvieron a reñir con asiduidad y a quererse cuando Ella lo
deseaba.
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