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la dama del caballo con alas      de     Carlos López Matías "el filipino"
   
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LA FABULA la dama del caballo con alas

El Herrero del Corazón de Fuego había convencido a Triana, para que lo acompañara hasta La Alameda de Majavacas, la diosa cuyos cabellos se convirtieron en álamos, y allí le contó una fábula: “En El Mes de La Luna, le decía El Forjador de Sueños, fue concebido un rey sin corona, sin súbditos y sin tierra donde levantar su castillo y su corte, mas El Destino, que había tejido en su corazón con hilos de oro y plata un nombre, lo llevó de un lado para otro hasta otorgarle una espada, con la que conquistó un reino, luego su sapiencia reunió en torno suyo a gentes, que sintiéndose perdidas, allí encontraban su razón de ser y de sentir, y por último un mágico herrero lo obsequió con una corona, cuyos resplandores deslumbraban y herían a su alrededor, haciendo que semejara un dios. Pero un día ese rey leyó lo que había escrito en su corazón, mediante un sortilegio, hecho en un santo lugar, con los modos y las maneras adecuadas, y desde ese instante abandonó su corona, a sus súbditos y todas sus tierras, para vagar como un mendigo, buscando alcanzar su alma, que estaba hecha con esencias de La Luna, y pendía cada noche del Cielo, como riéndose de su absurdo deseo. El Solitario Caballero iba trenzando una malla en su corazón, que formaban los caminos que recorría y los sortilegios que realizaba, hasta que llegó a este santo lugar llamado La Villa de El Maderal, por ser un santuario para viejos olmos, jóvenes pinos, retorcidos alcornoques, frondosos mimbreros, negros y blancos álamos o apasionadas encinas y robles. Y aquí encontró un mundo de seres y de sentimientos, que no parecía tener límites, donde lo pequeño podía ser inmenso y lo grande caber en el agujero de una larva, dentro de una gogalla. Con los conocimientos que había adquirido del Mágico Herrero, que le regaló la deslumbrante corona, comenzó a forjar su espíritu, e iba viéndose reflejado, cada vez más, en un espejo que simulaba una mujer...” En ese instante El Sol enmudeció, cual si estuviera herido de muerte. “Sigue, lo animó La Luna”. “No, sigue tú”. “¿Yo?, ¿por qué yo?” “Porque tu eres el espejo y yo quien te mendiga las maravillosas imágenes”.

Carlos López Matías "el filipino"