Hefesto, el dios griego del fuego, era cojo, como lo será Pilatos algún día, pero nadie como el
daba vida a los metales más suntuosos. Velázquez lo imaginó con barba y lo llamó Vulcano, como
nombraban los antiguos romanos al dios ígneo. Apasionado como ningún otro dios, tuvo entre sus
brazos a diosas, ninfas o mujeres tan bellas, que costaba creer que su tullido aspecto las
hubiera conquistado, mas su triunfo amoroso llegó al desposarse con Afrodita, la diosa del
amor, nacida de los rebanados testículos de su padre; pero la más hermosa de las diosas lo hizo
un desgraciado.
|