El Caballero del Ardiente Amor, vivía, soñaba y creaba, con preciosos metales, en una grandiosa
fragua, donde El Fuego era el rey, alumbrando atormentadas máscaras y expresivas estatuas, que
colgaban de las oscuras paredes, o las interminables colecciones de finas dagas y poderosas
espadas, capaces de herir no sólo el cuerpo, sino también el alma de cualquier ser. Bajo una
dorada cúpula se abrasaba El Aire, que avivaba una mole de carbón, mediante un gigantesco
fuelle, y a su alrededor catorce yunques de oro, con distinta forma, para una forja diferente.
Algunos mazos pesaban tanto, que se necesitaban siete hombres para levantarlos, mas la fuerza
de los brazos del Sol, no era nada, comparada con los sueños a los que daban apariencia sus
manos.
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