La Dama del Jaspe llevaba mucho tiempo sin sonreír, ocupada en las múltiples y variadas
vicisitudes que le procuraba Pilatos, quien parecía tener desquiciado el entendimiento y
a cada momento inventaba un suceso, donde su desmoronada cabeza reinaba de insólita
manera. Como cuando lo encontró en una majestuosa bodega, donde las gigantescas cubas
semejan verdaderas casas, a las que se accede por vertiginosas escaleras, midiendo su
encanecida cabeza con la cornamenta de un toro con cuerpo de hombre, ambos en estado de
máxima embriaguez, y embistiéndose, hasta que caían desplomados, o cuando su enloquecida
alma se soñó a sí misma, para desafiarse a continuación en un duelo de igual a igual, que
dejó al Verdadero Caballero del Amor con profundos tajos en todo el cuerpo, mientras
Triana se aprestaba a salvarlo, ahuyentando al falso Pilatos con sus certeras flechas.
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