Pilatos le había prometido a Triana un unicornio, pero era tan imposible encontrarlo, que El
Rey del Fuego casi enfermaba, tratando de imaginarlo blanco, con cabeza y pezuñas de ciervo,
cuerpo de caballo y un estilizado cuerno de marfil, que le brotara durante un metro de la
frente, enroscándose recto hasta acabar en afilada punta. Mas la fuerza para soñar, que El
Mágico Herrero tenía, al fin dio su fruto, y apareció, cual hijo de La Luna, un níveo fulgor
que cegaba admirarlo. Tenía metro y medio de alzada y sus ojos semejaban poderosas esmeraldas,
con cierto aire de despiste. Cuando El Sol consiguió su confianza, se lo presentó a La Blanca
Dama, que se quedó extasiada contemplando la armonía y el misterio de sus formas y sus gestos,
yendo a cualquier lugar con él, pues según le dijo El Caballero de La Forja, acariciarlo le
otorgaría tanta suerte, que sus dones serían inmensos.
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