Hablar del padre de Triana o de su abuelo, es como nombrar El Alma de El Maderal y no acabar
jamás. Ambos eran magos embelleciendo de colores La Villa; hiriendo con amor cientos de cepas,
para que de ese deslumbrante trance brotara el néctar, que volvía más locos de pasión y más
sabios de corazón a los dioses. Pero a lo más jondo que llegó el padre de La Blanca Gema, fue
con sapiencia numérica, y así conquistó el corazón de una gran dama en el reino de Helmántica,
un lugar donde se amaron y se odiaron hasta el paroxismo las divinidades romanas. El abuelo de
La Luna maravillaba de otra manera, pues mientras un rayo de malas entrañas le destrozó un brazo,
valiéndose a medias, era capaz de derribar en el aire, con su arco de roble y nervios de jabalí,
perdices tan inesperadas y rápidas, que otros dioses valiéndose de sus dos manos, apenas les
hacían sentir que allí había infierno. Padre y abuelo, cuando nació La Reina de Triana, lloraron,
se sonrieron y dieron gracias al Cielo.
|