El Cándano es un soberbio teso de corte alargado, túmulo de un gigante, que se levanta en
la sinuosa piel de La Villa, amurallando su parte noroeste con plateada serenidad, y desde
allí Siete Días y Siete Meses acostumbraba a otear los horizontes, en busca de sueños
imposibles, que lo llevaran hasta el corazón de La Dama del Caballo con Alas. Así fue,
soñando, como se hizo con los servicios de dos toros, uno blanco y otro negro, que unció al
Carro de Las Siete Estrellas, mientras era corneado por el níveo astado, mas El no cejó en
su empeño, y herido como estaba arreó las bravas bestias, plantándose en La Rodera, donde
encontró a La Luna en actitud desafiante; Pilatos, incapaz de moverse, la saludó desde el
refulgente carro, y mientras Ella le taponaba la cornada del toro blanco, El le decía: “Se me
ocurrió hacerte este regalo, pero El Cielo o quizá El Mar se empeñaron en ponérmelo difícil”;
“no hables”, le dijo Triana, “si te mueres te enterraré con las siete estrellas y los dos
toros serán los guardianes de tu sepulcro, mas si vives haré de ti mi reino, y no habrá
súbditos que se humillen ante nosotros, pues seré yo quien lave tus pies cada mañana y tu
quien corone mis sienes con besos de oro.
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