La serpiente, cuya astucia hizo que bajo El Cielo se armara la marimorena, se deslizó
hasta La Fragua del Sol de El Maderal, y se lo quedó mirando, mientras golpeaba
acompasadamente la áurea hoja de una espada; El Mítico Herrero perdió el ritmo y dio
un golpe fuera del sólido yunque, entretanto el escurridizo áspid se fue enroscando a
su poderoso brazo, hasta plantarse en su asustado rostro; a continuación le besó los
ojos y los labios, y cual mágico hechizo, toda La Fragua se llenó con el blanco brillo
de La Luna de El Maderal.
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