“Soñé que entraba en tu barbecho”, le contaba El Herrero a La Luna, “y allí me encontré a
un apuesto muchacho, que me plantó cara; ambos empuñamos nuestras dagas y El Cielo comenzó
a temblar, porque alguien tenía que morir; nos abalanzamos uno contra el otro y mi vientre
se llenó con su cuchillo, mientras él huía atormentado por mi muerte; entonces me unté las
manos con mi sangre y empecé a embadurnar tu blanca piel, hasta teñirla con el rojo de mi
ser, pues creía que vistiéndote con mi vida, tú lucirías mi alma para siempre”.
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