Un grupo de hadas y de duendes habían llegado a un acuerdo con Pilatos, quien le haría un regalo
distinto a cada uno, para embellecer sus manos o para adornar sus brazos o sus orejas, mas
a cambio debían ir hasta El Palacio de Triana y gritar unas consignas. Y allí estaban,
plantados bajo una ventana de tan calada hermosura, que parecía el encaje de un blanco
vestido: “¿cuál es el número del Amor?”, preguntó un duende; “¡sí!, ¡sí!, ¿cuál es?, ¿cuál
es?”, gritaron todos juntos; “¿es el catorce?”, interrogó un hada en altísima voz; “¡sí!,
¡el catorce!, ¡el catorce!”, afirmaron todos con poderosa voz a un tiempo; “¿o es el siete?”,
volvió la misma hada a interpelar a nadie en concreto; “¡también!, ¡también!, ¡lo mismo da!,
¡el siete también es!”; “¿y el veintiuno?”, preguntó otro duende; “¡sí!, ¡sí!, ¡también es el
veintiuno!”, corearon todos; “¡y el veintiocho!”, entonaron al unísono; “¡y el treinta y cinco!,
¡y el cuarenta y dos!, ¡y el cuarenta y nueve!, ¡y setenta veces siete!, ¡ese es el número del
Amor!”, dijeron todos a la vez. Al fin, La Luna se asomó, y contó tres hadas y cuatro duendes, y
les dijo: “¿A qué vienen tantas voces?, ¿qué pretendéis?”, y todos le contestaron como uno solo:
“¡Es que hoy es El Día del Amor!”, y Triana añadió: “Todos los días son para mi Días del Amor;
volved a vuestros juegos y dejadme tranquila.”
|