Había nacido de los rayos de La Luna y llevaba el sortilegio de un caballo con alas sobre
su blanca piel, enamorando a quien la contemplaba, hiriéndole profundamente el corazón,
hasta nublarle el entendimiento. Poseedora de innata majestuosidad y hondos gestos de
altivez, te apuñalaba con oscuros ojos de misterioso brillo, mientras te hablaba con
perlada voz, lastimándote el alma, incapaz de soportar a una apuesta diosa dirigiéndose a
un pobre mortal. La Dama del Caballo con Alas hacia sonrojar al Cielo cuando sonreía y en
sus ensortijados cabellos se enredaban apasionados duendes, que la hacían semejar una
bella hechicera, capaz de hacer que El Sol ocultara su resplandor ante La Preciosa Gema.
Se decía que había tomado forma humana, y así proseguir la eterna búsqueda del trozo de
alma que le faltaba, mas cuando La Luna exhibía su hermosa redondez, se la veía cabalgar
un azulado y refulgente corcel alado, cual si enloquecieran sus portentosos sentidos. Un
tallador de piedras preciosas vivía a orillas de un serpenteante río, que atravesaba un
lugar lleno de encantamientos, y contaba siempre la misma historia: “Una princesa vendrá
que hará con su piel un corcel, al que le brotarán alas, y lo llamará Triana; ellos
vivirán a la derecha del Río Talanda, mientras que por el lado izquierdo llegará alguien,
que me comprará una piedra jaspe pulida por siete caras, y este hombre al que llamaremos
Siete Días y Siete Meses, lucirá en su cintura una maravillosa espada de nombre Pilatos.
Dicho caballero, de plateados cabellos y atavíos de azabache, se encontrará cara a cara
con La Dama del Caballo con Alas, y Siete Días y Siete Meses blandirá Pilatos frente a los
azures cascos de Triana y su hermosa amazona, dando comienzo un apasionado duelo, que se
prolongará eternamente”. Mas en ese preciado lugar, donde los árboles están poseídos por
hadas y duendes, había otros sabios a los que gustaba tener su propia versión, como el
que hablaba con exagerada vehemencia del embellecimiento de La Rodera, un angosto camino
de empinadas cuestas y abruptas bajadas, que La Luna hollaba cada noche con sus
atormentados pensamientos, mientras El Sol había huido hacia el teso de enfrente,
ocultándole su desmedida pasión y forjando en su grandiosa fragua áureos alamares con
refulgentes esmeraldas, que esperaba ver colgados algún día del Alado Corcel, que La
Nívea Luna poseía. O este otro poeta, que decía haber visto una premonición de su amor en
cuatro veces siete días, que tarda La Mágica Luna en vestirse o desvestirse, propiciando
que al finalizar su desnudez o al terminar de ponerse un vestido de gala, todas las
mujeres en edad fértil hagan votos de sangre en su honor. Pero quizá, los más hermoso de
todo era lo que gritaban los niños corriendo por las laberínticas calles de La Villa,
incapaces de razonarlo: “¡Dios está con ellos y no es blasfemia!, ¡Dios está con ellos y
no es blasfemia!, ¡Dios está con ellos y no es blasfemia!...”
El Maderal, es La Sagrada Villa donde todos estos sueños y muchísimos más tenían lugar;
misteriosos sueños de dos corazones, que ojalá algún día den a la luz una sola alma negra
y blanca, con una enigmática espada y un caballo con alas bellamente herido de amor.
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