Como tantas veces, El Sol se había recreado en una obra singular y poética, dando a la luz
con sus apasionadas manos a dos coronas, que definitivamente iban a lucir sobre Los Amantes
del Jaspe, en una ceremonia que presidiría el Amor, acompañados por algunas divinidades y
unos duendes y unas hadas como testigos. El enlace estaba previsto que se celebrara la
noche del séptimo día del séptimo mes, pero cuando la comitiva ya se preparaba para entrar
en la iglesia, Carpio, un dios despechado y de malas entrañas, sin estar invitado y tal vez
atiborrado de vino hasta sus rubias cejas, comenzó a lanzar improperios a diestra y
siniestra, maldiciendo esa noche, ese lugar y ese acto, mientras hacía restallar su látigo
de pieles de rojas sierpes, con tan nefasta fortuna, que llegó a enroscarlo en las
deslumbrantes coronas de oro, que portaba un hada en una sencilla bandeja de plata,
lanzándolas por el aire, hasta perderse tras El Teso de la Horca, sin que alguien las haya
encontrado todavía, aunque al paraje donde se intuye que cayeron lo llamaron Las Coronas.
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