El Caballero de La Espada de Oro llamó a la puerta de La casa de La Luna, y le abrieron unos
ojos cual luciérnagas, que se multiplicaban en el laberinto de espejos que era su morada.
Subieron por una escalera de palo santo, toda iluminada con velas, y bajo una cúpula de
cristal, se acomodaron los dos en torno a una mesa de ébano, sobre sillas de caoba. Ambos
comenzaron a degustar los platos que había a la vista, y Pilatos preguntó: “¿No tienes huevos
fritos de gallina?”; “¿te gustan los huevos fritos?”, lo interpeló Triana; “claro, y mucho
mejor si son de corral”; “¿sabes cuantos días tardan en incubar los huevos las gallinas?”, la
interrogó una vez más El Fabuloso Herrero; “dímelo tu, que no lo sé”; “pues veintiún días”;
“¡vaya!”, se sorprendió La Blanca Dama; “¿y de paloma?”; “¿quieres huevos fritos de paloma?”;
“¡no!, ¿que si sabes cuántos días tardan en incubarse?; “pues tampoco lo sé, pero me lo vas a
decir tu, ¿verdad?”; “sí, te lo voy a decir, tardan catorce días”; “¡pues qué bien!, ¿te queda
algún huevo más por incubar?”; “sí, me quedan por incubar los de pato, que eclosionan a los
ventiocho días, los de ganso, que lo hacen a los treinta y cinco días, y los de avestruz, que
se abren al mundo a los cuarenta y nueve días”; “¿has acabado ya de incubarlos todos?”; “sí”;
“pues coges las crías y montas una granja en tu casa, ¡listo!”.
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